Los fallos del mercado bajo el socialismo del siglo XXI (II)

Bajo el socialismo del siglo XXI los fallos de la economía de mercado se transforman en fallos de los mercados paralelos. Las regulaciones y la gestión pública ignorando la capacidad de respuesta del mercado no solo acrecientan los fallos del mercado, sino que dan origen a otros fallos propios de las regulaciones, tanto o más graves que los propios problemas que pretende corregir. Se recrea un mecanismo donde cada regulación da origen a otra más con mayor costo y mayor destrucción de valor social.

La provisión de bienes públicos

Otros de los fallos de la economía de mercado lo constituye la provisión de bienes públicos que, en ausencia de regulaciones, no se producen en cantidades suficientes. El criterio, relativamente universal sobre las regulaciones, es que la gestión pública debe hacerse a través del mercado, evaluando conjeturalmente los fallos del mercado contra los efectos colaterales de la regulación. El argumento a favor de las regulaciones es la insuficiente o nula producción de bienes públicos en la economía de mercado. Bajo el socialismo del siglo XXI el gobierno no solo pretende asumir y regular la producción de bienes públicos sino que además supone que se puede ocupar también la producción de bienes privados. Todo conduce a una situación de pérdida de competitividad para la producción de bienes transables y un deterioro general de la infraestructura, de los servicios públicos y de la producción de bienes no transables. Los fallos en la producción de bienes públicos se pueden manifestar de variadas maneras, verbi gratia:

  • Congestionamiento a nivel de los servicios públicos: colas en autopistas puertos, hasta para el pago de los mismos servicios públicos.
  • Fallos en el suministro y transmisión eléctrica.
  • Deterioro del sistema de salud pública.
  • Déficits de seguridad ciudadana para garantizar la integridad física, biológica o moral de las personas.
  • Falta de resguardo de los bienes intelectuales, de los recursos naturales, del desarrollo energético.
  • Débil acceso a la cultura.
  • Agotamiento del capital social transfiriendo los males públicos a las generaciones futuras.

Los costos de transacción, mercados negros y regulaciones.

Bajo el socialismo la retórica inflamada hace pensar que el centro de atención es lo social, el discurso es esencialmente político e ideológico sin contenido económico. Como en los otros fallos del mercado el socialismo no resuelve los problemas más bien los empeora. Los efectos de las exageradas regulaciones bajo el socialismo, comprometen el funcionamiento del mercado, lo hacen inmune a la misma acción gubernamental con el surgimiento por doquier de mercados negros, en los cuales los fallos del mercado se hacen extremos e insostenibles. La ingeniería social que implica el socialismo es como una máquina de movimiento perpetuo, induce tras cada regulación otra adicional para asegurar su control y así sucesivamente, la sociedad acumula costos de transacción sin ningún valor agregado. Cada vez que se crea una norma regulatoria, surge la necesidad de otra más intensa para compensar la inmunización de los males públicos al intervencionismo.

Déficit fiscal y emisión inorgánica de dinero.

El socialismo del siglo XXI bajo un sistema de validación electoral se somete a una permanente presión mediática, pues debe hacer en cada ciclo electoral, una oferta superior a la anterior, igualmente tiene que mostrar algún logro de impacto inmediato y por ello recurre al déficit fiscal con emisión inorgánica de dinero. El dispendio público hace difusa la responsabilidad gubernamental en la propagación de inestabilidad económica, la cual se endosa a campañas y acciones de quienes no comparten ideológicamente su modelo. Bajo la permanente beligerancia el sistema social se polariza y hace prácticamente imposible un entorno favorable a la creación de valor. Este mal público recrea la postración social por pérdida de esperanza en el futuro. Es el fallo regulatorio en el que se encuentra el origen de los balseros que huyen de Cuba, de la fuga de talento humano, de la pérdida del relevo generacional con mayor impacto sobre el futuro de un país.

Igualación en la subsistencia y desigualdad en los ingresos.

Al margen de cualquier consideración ideológica, no hay en el momento ningún desarrollo tecnológico que permita la armonía y sincronización del mercado en la coordinación de las preferencias de los demandantes y de los oferentes. El modelo soviético demostró como la planificación central es incapaz de asegurar una eficiente asignación de recursos, de su distribución y de la satisfacción de las necesidades de la sociedad. El socialismo marxista con todo su poder sin límites solo recrea mercados negros con toda su secuela de escasez y desigual distribución de ingresos. La falacia mayor del socialismo es suponer que la retórica inflamada a favor de los pobres les reivindica, por supuesto la sociedad se hace más igualitaria en un punto de subsistencia muy cercano de la miseria. Mientras casi toda la sociedad se iguala hacia abajo, una “nomenklatura” social en el poder vive en la ostentación sin límites que no gerencia productividad sino dádivas.

Inversión del comportamiento “free rider”.

La lucha contra la corrupción bajo el socialismo del siglo XXI genera una inversión del efecto “free rider”, en el sentido de que buscando contener el delito termina alimentándolo. A nivel conductual el corrupto de oficio no se amilana ante nuevas regulaciones, por el contrario, ellas son una fuente adicional de renta, pues el costo adicional de búsqueda y espera en colas aumenta tanto la demanda de servicio de gestoría como la extracción de rentas. Los oferentes de gestoría con mayor poder de monopolio disfrutan de un excedente que se arrebata al ciudadano sin mejora de los servicios públicos. También la asfixia regulatoria recrea un incentivo perverso con efectos negativos para el funcionario público honesto que ante ese marco legal, en el cual cualquier acto puede constituirse en delito, terminan difiriendo y retrasando sus decisiones por temor. Los pocos dispuestos a trabajar honestamente viven abrumados por tres razones:

  • Por la presión que genera el temor de una sanción.
  • Por el riesgo de su reputación e imagen personal.
  • Porque deben realizar el trabajo que los demás no hacen.

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Categorías:Control de Gestión, Economía, Gerencia, Política, Venezuela

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