La enfermedad holandesa y el efecto Venezuela (parte I)

Durante el decenio de los sesenta del pasado siglo, el descubrimiento de grandes yacimientos de gas en el Mar del Norte se tradujo en un aumento considerable de los ingresos de los Países Bajos. El florín se apreció, aumentando su tasa de cambio frente a otras divisas. El que la moneda nacional se aprecie se tradujo también en una pérdida de competitividad de las exportaciones no relacionadas con la energía fósil, de manera que el sector tradicional exportador (en Venezuela el sector petrolero) no deja posibilidades para el desarrollo de otros sectores de exportación.

Lo que llama la atención es que en Venezuela llamen al fenómeno “Enfermedad Holandesa”, igual que en el resto del mundo. Decimos esto porque en Venezuela por los años treinta ya Alberto Adriani lo había anticipado y Arturo Uslar Pietri lo popularizó cuando escribió una sentencia que todavía retumba en los oídos de muchos sin saber por qué: “Hay que sembrar el petróleo”, y esto fue lo que hicieron los gobernantes de los países bajos, sin haber consultado a los expertos, reiteramos “sembraron el petróleo”, tal como lo aconsejaron Adriani y Uslar.

Pensamos, que es un error asociar los males públicos del país con los vaivenes del negocio petrolero.  Pues no, ha sido responsabilidad exclusiva de los gobernantes, el nefasto uso de los proventos derivados del petróleo, desde el inicio de la era petrolera, con la excepción de los años que median entre 1937 y 1948, en cuando al progreso económico y bienestar alcanzado en país y con la excepción en cuanto al mantenimiento de las instalaciones petroleras en el período que va desde 1959 hasta 1999.

Es triste que el mundo llame mal holandés a algo que fue diagnosticado treinta años antes por nuestros venezolanos, y que el tributo de las prescripciones se le acrediten a Warner Max Corden y J. Peter Neary, cuando cincuenta años antes esos mismos pensadores venezolanos lo hicieron en nuestro país.

Eso que se llama “Mal holandés” ha existido en nuestro país en su formato populista. En el ámbito de la Gerencia Pública, lo más destacado ha sido doblegar a los pobres con dádivas y no como debe ser a través del empoderamiento que les proporcione capacidades para decidir sus vidas.  Igualmente, hacia el sector privado con prácticas proteccionistas y ayudas financieras sujetas a la relación con el poder político y con el poder económico que lejos de promover el emprendimiento fomentan una cultura de extracción de rentas. Lo más preciado y premiado ha sido la pertenencia a algún grupo y la posibilidad detentar algún cargo administrativo o de autoridad. Todo ello se explica en ese “laizzer faire, laizzer passer” que rodea al ejercicio discrecional del poder público. Es el uso de esos recursos con el propósito de la compra de conciencias a través de un falso asistencialismo y de una desviada promoción de lo privado para la perpetuación en el poder, estas son las verdaderas fuentes del mal holandés en Venezuela.

Es una media verdad que el sector exportador se ve afectado por el mantenimiento de una paridad cambiaria adversa, pues existe otra media verdad de un estado asistencialista que promueve el mercantilismo contra el espíritu emprendedor en el sector privado, que lleva el clientelismo sectario en sus entrañas. Menos mal que existe mundo y algunas formas de valor no son controladas por el Estado, al menos hay reconocimiento al talento de muchos venezolanos que no se pueden confiscar, ni son expropiables, y sobre todo, no dependen de la adscripción alienada a un presidente, a un gobernador, a un alcalde, a un Mercader.

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Categorías:Política

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