Sin sentido de propósito estaremos condenados a reproducir el modo de vida populista del “Socialismo del Siglo XXI”

Durante los últimos veinticinco años hemos tenido cambios importantes en el comportamiento del venezolano, la diatriba banal se ha enraizado como modo de vida, ha emergido una cultura donde predomina el razonamiento simple con aparente consistencia lógica cuyos criterios de validación proceden de una retórica fundada en la manipulación; con tan sólo escuchar a cualquier persona se nota la transformación. Hace unos cuarenta años únicamente en ambientes de taberna se manejaba un lenguaje carcelario, hoy es común ver desde niños, jóvenes, adultos y ancianos utilizando una jerga donde predominan improperios e insultos, resulta imposible sostener una discusión entre adversarios sin alguna ofensa. Por ello, hemos opinado que además de las necesarias reformas económicas e institucionales hay que promover la idea de un país diferente y mejor, mientras una alternativa con sentido de propósito no aparezca, sin darnos cuenta seguiremos siendo unos populistas que reproducimos el modo de vida del “socialismo del siglo XXI”. Hasta la gente supuestamente de oposición sigue las enseñanzas del difunto presidente Chávez cuando opinan de forma ligera sobre economía, medicina, sociología y sobre todos los ámbitos del conocimiento profesional no teniendo la más remota idea de lo que dicen.

¿Esta retórica se limitará solo al ámbito político? Pensamos que no, desde los años setenta hasta el presente he estado cerca de las pequeñas y medianas organizaciones venezolanas, puedo decir que esa cultura también se ha propagado en ese medio gerencial. Ese entorno empresarial está en transición desde comienzos de los noventa, cuando los fundadores cedieron sus funciones directivas a otra generación. El relevo no ha sido fácil.

Muchos de los fundadores crearon sus empresas “viniendo de abajo” fueron operarios, choferes, empleados que, con mucha disciplina, sin modificar mucho su estilo de vida, ni la intensidad con que realizaban su trabajo, se transformaron en exitosos emprendedores. Un relevo generacional que pasó su existencia en la comodidad se constituyó en una inminente una crisis generacional, más si creen que el éxito depende de los recursos materiales y financieros, sin darse cuenta que el emprendedor no tiene descanso y que una empresa hoy en día depende más de la capacidad generadora de riqueza que de las posesiones. Venezuela es un país de tradición institucional laxa, la ejecución eficiente y eficaz de una actividad, programa o proyecto, depende más de las capacidades derivadas del poder que de la autoridad. Entiéndase que el sentido que aquí damos a la palabra “autoridad” guarda relación con las condiciones éticas, el talento humano, naturaleza emprendedora y sabiduría de un líder. Poder en cambio guarda relación con los recursos que posee una persona, más allá del talento y la ética para imponer sus criterios sobre la base del cargo que ejerce, como se dice en Venezuela “Jefe es jefe aunque tenga cochochos”, no importa quien sea con tal que mande. Es así que el autoritarismo es también la norma en la empresa venezolana, expresiones como esta lo ilustran: “Esto era para ayer”, “Estás de vacaciones o trabajando”, “Ese es tu problema”, “es si o si”. Se escucha decir: “pero es en esas organizaciones donde hay éxito”, pienso que resulta en lo inmediato, pero no todo el tiempo.

El que Venezuela sea un país petrolero donde priva el momento y la volatilidad de los precios de los hidrocarburos, pareciera que no da el tiempo para serenarse y mantener planes más allá de un horizonte de 10 años; en un país donde mínimo transcurren seis años para crear una empresa, todo se convierte en un hay que recuperar con creces (de ser posible antes de que se vaya a invertir). Los instantes, el corto plazo, son tan breves que el factor clave es la retórica, no los hechos, es el terreno de la eterna promesa futura, más que emprendedores tenemos mercaderes, y el negocio mejor para un mercader es el de la política, porque como político se está cerca de donde hay, en un país donde el Estado es el dueño de hecho de todo.
La retórica manejada de la manera que hemos mencionado conduce al imperio de la falacia y de la inconsistencia. Una revisión de las declaraciones de personas públicas en los medios nos remite a lo antes dicho: un funcionario con más de 14 años vagando entre diversas funciones de la burocracia gubernamental puede afirmar en un proceso electoral con el mayor descaro: “en tres meses yo resuelvo los problemas sin recursos”, o bien “no habrá luego de mi gestión un niño más en la calle” y pasa el decenio sin hacer nada y la ocurrencia es: “no hemos podido pues la anterior administración no nos deja”, “estamos sufriendo una guerra económica”. Es esta la norma en nuestro país, en el cual pareciera que se logra más respeto mientras más grande sea la exageración, siempre habrá un recurso que justifique el lenguaje: “mira eso lo dije en otro contexto”, “las cosas cambiaron y no puedo”, “es una manipulación mediática”, “eso no lo dije en serio”. De modo que todo transcurre en medio de una demagogia pincelada con buenas intenciones; en nuestro país es un orgullo poseer la constitución y las leyes más avanzadas del mundo, los Gobernantes están obligados a lograr la mayor suma de felicidad para los venezolanos. El problema radica en que para repartir primero hay que producir, si el Gobierno honrara todas sus deudas laborales, cumpliera con las normas ambientales y de seguridad laboral estaría quebrado al día siguiente. Todo es paradójico en nuestra tierra, hasta el más humilde venezolano en su rancho se esmera de manera extrema por mantener la limpieza, pero en cualquier fin de semana, sin excepción de clase social, eyecta cualquier clase de desechos y basura sobre las carreteras al regreso de las playas.

Las leyes, las normas, los reglamentos, están sujetos a las reglas del poder, en cualquier instancia sea una alcaldía, una gobernación y en el país como un todo, la interpretación no depende de las pruebas, depende de la relación de poder. Es fácil perder la legitimidad pues las leyes, normas, reglamentos son tan exigentes que colocan al ciudadano en una condición de delito técnicamente inevitable. Por otra parte, se crean incentivos perversos, así en el campo laboral más recompensas logra el trabajador que aprovecha de la ley que el trabajador esmerado en realizar bien su tarea, pues la remuneración no se sujeta a la productividad sino a la relación arbitraria que le permite ganar más mientras menos haga.

Estas notas no deben hacer sentir mal a quien las lee, si el retrato aquí presente no le corresponde, Usted no pertenece a la mayoría y su esperanza no la pierda, practique con el ejemplo porque estamos urgidos del mismo. A pesar de todo tenemos instituciones como “Fe y Alegría” como la Orquesta Sinfónica de Venezuela y a otras privadas que agregan mucho valor social, que comparten el éxito con su gente y que cuentan con una lealtad sin límites de la misma. En este país hay mucha gente anónima que trabaja por diez. Este fenómeno hay que estudiarlo seriamente más allá de estas opiniones.

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Categorías:Economía, Gerencia

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2 respuestas

  1. Profesor, más claro imposible, debemos retomar nuestros valores y principios que teníamos e institucionarlos.

  2. Excelente análisis, saludos

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