Las desventuras de los factores democráticos en Venezuela

 

El populismo en países frágiles o con debilidad institucional

El debate es de real importancia para América Latina donde el populismo de “izquierda” ha supuesto un retroceso importante en libertades de todo orden, en la prosperidad económica, en la estabilidad institucional y en el progreso social. El caso extremo lo constituye Venezuela, que muestra en la mayoría de los indicadores sociales, institucionales y económicos estar en los últimos lugares del continente y entre las peores economías del mundo.

Es inaplazable repensar y reconstruir el proyecto de democracia, para asegurar el impedimento constitucional de cualquier posibilidad de secuestro de la independencia, la autonomía y la legitimidad de los poderes públicos y la optimización de las regulaciones haciéndolas sujetas a la evaluación de impacto regulatorio que impida la existencia de incentivos perversos.

El proyecto de democracia tiene que reconciliar a las élites y sus ciudadanos, la democracia debe disponer de los mecanismos auto reguladores que armonicen esos intereses, es la verdadera solución ante las amenazas totalitarias populistas sean de “izquierda” o de “derecha”.

Como siempre aparece la tentación de hacer paralelismos, al evaluar la experiencia de otros lugares a partir de la realidad venezolana. Los países con sólidas instituciones democráticas y donde las regulaciones se encuentran sometidas a evaluación previa de impacto regulatorio están prácticamente inmunizados contra los males del populismo iliberal. Nuestros analistas se desviven y angustian porque abrigan algún temor de que se repita nuestra historia en otros sitios, no será así pues en el mundo prevalecen sólidas instituciones, contrabalances de poder e inmunidad regulatoria.

La débil democracia venezolana se encuentra al borde de la desaparición definitiva, no porque se conformó una ideología comunista, socialista radical que copa todos los espacios del poder, sino porque el populismo forma parte de su existencia y es la única manera a través de la cual los anacronismos ideológicos pueden asegurarse su perpetuidad en el poder. No son los argumentos ideológicos sólidamente constituidos los que respaldan al extremismo sino el recurso altamente efectivo del “populismo” cuando articula una estrategia de ocultamiento de sus aspiraciones totalitarias dándole un matiz ideológico sea marxista y hasta neoliberal para perpetuarse en el poder. Estamos en presencia de la mercantilización de la política en el final de las ideologías. Hay mercaderes no ideólogos.

La primacía de las emociones sobre la sensatez 

El debate es de real importancia para América Latina donde el populismo de “izquierda” ha supuesto un retroceso importante en libertades de todo orden, en la prosperidad económica, en la estabilidad institucional y en el progreso social. El caso extremo lo constituye Venezuela, que muestra en la mayoría de los indicadores sociales, institucionales y económicos estar en los últimos lugares del continente y entre las peores economías del mundo.

Es inaplazable repensar y reconstruir el proyecto de democracia, para asegurar el impedimento constitucional de cualquier posibilidad de secuestro de la independencia, la autonomía y la legitimidad de los poderes públicos y la optimización de las regulaciones haciéndolas sujetas a la evaluación de impacto regulatorio que impida la existencia de incentivos perversos.

El proyecto de democracia tiene que reconciliar a las élites y sus ciudadanos, la democracia debe disponer de los mecanismos auto reguladores que armonicen esos intereses, es la verdadera solución ante las amenazas totalitarias populistas sean de “izquierda” o de “derecha”.

Como siempre aparece la tentación de hacer paralelismos, al evaluar la experiencia de otros lugares a partir de la realidad venezolana. Los países con sólidas instituciones democráticas y donde las regulaciones se encuentran sometidas a evaluación previa de impacto regulatorio están prácticamente inmunizados contra los males del populismo iliberal. Nuestros analistas se desviven y angustian porque abrigan algún temor de que se repita nuestra historia en otros sitios, no será así pues en el mundo prevalecen sólidas instituciones, contrabalances de poder e inmunidad regulatoria.

La débil democracia venezolana se encuentra al borde de la desaparición definitiva, no porque se conformó una ideología comunista, socialista radical que copa todos los espacios del poder, sino porque el populismo forma parte de su existencia y es la única manera a través de la cual los anacronismos ideológicos pueden asegurar su perpetuidad en el poder. No son los argumentos ideológicos sólidamente constituidos los que respaldan al extremismo sino el recurso altamente efectivo del “populismo” cuando articula una estrategia de ocultamiento de sus aspiraciones totalitarias dándole un matiz ideológico sea marxista y hasta neoliberal para perpetuarse en el poder. Estamos en presencia de la mercantilización de la política en el final de las ideologías. Hay mercaderes no ideólogos.

Bajo esta nueva cultura política en el debate privan las emociones sobre la deliberación democrática, con un uso extenso e intenso de retórica extremista en la cual se obvia la consistencia de los argumentos y la necesidad de pruebas de refutación o referentes de validación. Los hechos son ignorados deliberadamente, cada uno toma los que les conviene y no hace esfuerzos por modificar su conducta si aparece un evento que contradice su supuesta “verdad”. De modo que es posible tomar cualquier cosa como cierta sin tener en cuenta los hechos que la pudieran validar, las “mentiras” pueden ser convertidas en “verdades” desde las emociones.

Las herramientas comunicacionales de hoy en día son más eficaces para decidir batallas políticas que para el encuentro con la verdad. La supremacía de las emociones sobre la razón ha permitido la igualación de la gente con las élites, sin necesidad de la profundización del análisis riguroso de los problemas y mucho menos de búsqueda de evidencias de lo que se afirma. Estamos en tiempos de desprofesionalización de la interpretación de los fenómenos sociales. Es una especie de callejón sin aparente salida, el “emocionar para convencer”, puede ser un “convencer para cualquier cosa”, hace falta precisar el alcance del “emocionar” para convivir en democracia, la trama no es el convencer a otro, sino sobre cómo convivir con el otro.

No se puede seguir avanzando sin alertas previas y tampoco sin revisión de lo que se hace, entre el extremo de la “criticadera” del simplismo lógico y el silencio consciente se ha extraviado la deliberación democrática.

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