La tragedia griega, la ortodoxia macroeconómica y la demagogia populista.

Extracto.

santorini-766677_640Grecia y muchos países en crisis solo tienen en común lo que ha sido su calvario: la debilidad institucional y la creencia de que la economía es una suerte de ingeniería social, donde la simplificación macroeconómica, es la panacea que con el aseguramiento del equilibrio fiscal, monetario y de los pagos internacionales, se resuelve todo. Sin un marco regulatorio que garantice el funcionamiento del mercado sin incentivos perversos, ninguna estrategia desde la adopción de medio de pago extranjero (dólar, euro, yuan, yen,…), hasta las reglas de la ortodoxia económica, sacará a esos países de las catacumbas. Si se adoptan esas medidas de impacto inmediato y luego el desastre continúa, no habrá más esperanza y nadie creerá en nada.

I. Los fallos de la ortodoxia macroeconómica en contextos de debilidad institucional.

Grecia al borde del abismo con una colosal deuda externa que no puede honrar. El debate sobre las medidas de ajuste en el caso griego se centran esencialmente en la exigencia o no de austeridad económica, durante más de cinco años Grecia se encuentra en va y viene pendular, sin encontrar una verdadera solución. Nuestra tesis es que ni dentro de la zona del Euro, ni fuera de ella, ni con un masivo flujo de recursos de la Comunidad, habrá salida pues el problema no se está atacando en su origen: las instituciones. Los países de la Comunidad Europea parecieran creer que Grecia es un país con una verdadera democracia en términos de fortaleza institucional, como la mayoría de los pertenecientes a la comunidad, no es así y mientras no se acometa un reforma institucional del Estado, no habrá solución.

El problema de las medidas inspiradas en las prescripciones de la macroeconomía, es que suponen la presencia de una economía sin fallos de mercado, de una política económica libre de males públicos y de una fortaleza institucional fundada en poderes públicos autónomos e independientes. Esa realidad descrita corresponde a países del llamado primer mundo y a países emergentes exitosos, no es la realidad de Grecia, que guarda más similitud con Rusia y con algunos países latinoamericanos que con países de economía avanzada y democracia consolidada.

La ortodoxia macroeconómica no ofrece resultados, en un medio plagado de regulaciones que dan lugar a incentivos perversos, donde no le es posible distinguir entre los procesos eficientes e ineficientes.

Grecia ha sido un buen libreto sobre el cómo las políticas de ajuste al margen de las reformas institucionales, sean las que sean, fallan. Donde no hay fortaleza institucional, los fondos de rescate utilizados en países en situación de “default” van a parar al barril sin fondo de la “cleptocracia”, la restitución del equilibrio fiscal termina burlada o con el sacrificio de la producción de bienes y servicios públicos sin tocar la burocracia y el mal gasto público, los esfuerzos por eliminar la emisión inorgánica de dinero deviene en destrucción del dinero orgánico, los intentos por ajustar los pagos internacionales se transforman en fuga de capitales, en fin aumenta la injusticia hacia los pueblos, sin resolver los problemas de fondo. La evasión fiscal griega siempre ha sido endémica, sus políticos corruptos, las pensiones de jubilación –y otras supuestas conquistas sociales- son fuente de estafa del erario público, su sector público una hipertrofia de burócratas extractores de renta, no son simples problemas que puede resolver la ingeniería social de la macroeconomía. Estos argumentos no significan la negación de otros factores importantes como lo han sido la manipulación financiera para asegurar el ingreso de Grecia en la Comunidad, ni los gastos militares derivados de los acuerdos con la OTAN, ambos casos mas bien refuerzan la tesis de la debilidad institucional frente a las tesis financieras explicativas.

Esta falta de cuidado con los aspectos institucionales y con el impacto regulatorio ha sido el error de la Comunidad Europea en el caso griego.

II. Los grandes perdedores con la ortodoxia macroeconómica y el populismo.

Los grandes perdedores de las crisis, en países institucionalmente débiles como Grecia, son los más pobres, para la mayoría de ellos su condición no les garantiza una mejor vida fuera de su país. Sobre quienes no se pueden ir, se descarga el peso de los ajustes: la gente sin calificación, los jubilados, los niños y los ancianos quienes sufren sin contrapartida alguna. Los países en esas condiciones involucionan, la calidad de vida desmejora, los bienes y servicios públicos no solo son escasos, son de mala calidad, es una suerte de involución histórica como la sufrida por Haití. Es un circulo vicioso de difícil salida, la pérdida de capacidad de los pobres para valerse por si mismos les hace creer que solo la benevolencia de los gobernantes que reparten dádivas les pueden hacer más llevadera su condición. Es el factor clave del populismo y la demagogia: la recreación de la cultura de la pobreza.

Un patrón en los países con debilidad institucional es la fuga de sus recursos productivos materiales, intangibles y financieros. El talento humano y el capital son recursos móviles, son preciados y buscados en todas partes y pueden emigrar hacia destinos donde pueden reproducir valor y llevar una mejor existencia. Los expertos de las teorías de la dependencia económica y del intercambio desigual, siempre han pensado que la expoliación de los recursos naturales de la periferia por el mundo desarrollado, es la fuente más grande de la injusticia, pero no, es la huida del capital social la pérdida mayor de los países con debilidad institucional, es la extinción de la clase media emprendedora. Ironías, los fondos supuestos productos de la expoliación muchas veces terminan en cuentas cifradas de quienes alguna relación tuvieron con la administración de los recursos de los ajustes macroeconómicos.

Solo un círculo pequeño de extractores de renta disfrutan y hasta mejoran su posición con los ajustes, ya que acumulan poder político y poder discrecional para administrar ayudas sin necesidad de rendición efectiva de cuentas.

Es la fortaleza institucional del Estado –poderes autónomos e independientes-, las regulaciones a través del análisis de impacto sobre el mercado y la adopción de una cultura cívica, diferente por parte del pueblo, esas son las fuentes de un futuro diferente y mejor. Hace falta un pueblo más dispuesto en reivindicar sus derechos y su empoderamiento para valerse por si mismo y no uno cuya  vida transcurre en los mercados de la mendicidad social a la espera de las dádivas gubernamentales.



Categorías:Análisis de Entorno, Economía

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