Ruidos y sesgos: más allá de la distorsión deliberada de la realidad

La ciencia económica resurge con las investigaciones sobre los sesgos cognitivos (Kahneman) que moldean el juicio y permiten el descubrimiento de la trama causal de lo que ahora se denomina posverdad y posfactualidad. Es el desorden que introduce la variabilidad no deseada como fuente de errores de juicio y dificulta el tránsito hacia una sociedad más justa y democrática.

Quizás las perversiones, creencias, tergiversaciones de la realidad que ahora afloran en tiempo real para cada uno de los habitantes del mundo desde la península de Seward hasta el Punto Nemo, siempre estuvieron presentes en sus vidas y formaron parte de la existencia humana. La novedad de estos tiempos es que esas distorsiones han tomado un rol determinante en la acción humana con consecuencias sobre el ambiente, la vida en sociedad, la política y la economía.

El mundo de las creaciones humanas ha dado lugar a máquinas, objetos, procesos tangibles e intangibles cuyo control es posible mediante evaluaciones estadísticas que nos permiten identificar a partir de las desviaciones con respecto a un valor medio o deseado si su funcionamiento es correcto, es el ámbito de la evaluación de las probabilidades objetivas para mejorar la acción humana. A modo de ilustración, la fabricación de un frasco de mayonesa puede dar origen a un producto fuera de especificaciones, su detección es esencialmente objetiva pues es un ente inanimado sin capacidad para reflejar estados de ánimo, tener creencias o saberes reflexivos y cuando ocurre un error se dice que hay un sesgo cuya distribución es normal alrededor de un valor medio pues tal como lo hemos planteado las cosas no poseen las facultades del pensamiento, ni del sufrimiento ni del bienestar que den lugar a ruido.

El mundo de las relaciones humanas da lugar a comportamientos cuya explicación posee, además de los problemas del sesgo objetivo antes comentado, los del ruido cuya detección y corrección es más compleja pues guarda relación con el estado del ánimo, el momento, las creencias y las emociones generando una volubilidad cuyo impacto puede tener igual, más o menos peso que los sesgos, además de ser diferentes para cada uno. Históricamente se consideró a esa variabilidad residual como irrelevante pues los tiempos de interacción social entre la gente consumían tiempo que permitía la serena reflexión y la alineación de intereses y objetivos desde una perspectiva social, era un universo de ruido inapreciable. Durante el reciente proceso electoral prevaleció una diatriba llena de anatemas, insultos, calificativos cuya matriz de opinión podía modificarse según la anticipación del cómo reaccionaría la gente por oposición al recurso cívico de un discurso de contenidos, propuestas y propósitos. Fue el contexto de reproducción de verdades según los intereses de cada grupo político.

Con el advenimiento de la gran bifurcación tecnológica global el ruido se ha hecho ensordecedor, las llamadas redes sociales son a su vez redes asociales que recrean la separación entre fronteras, al interior de las familias, en las organizaciones políticas. En esos espacios fragmentados confluyen multitud de mundos, en los cuales hay una evidente incapacidad institucional para proveer normas que les permitan a las personas su realización sin dificultades.

Ese contexto de desorden alcanza a nuestras universidades que, en su institucionalidad precaria, sobreviven inmersas en la reproducción de los males que abruman al país, con la perpetuación forzada de sus órganos de cogobierno que desde un poder sin contrapesos dirige al país. No obstante, a pesar de la desolación hay una especie de orden espontáneo que es resguardo de su existencia, al observar importantes logros que contribuyen con propuestas que agregan valor social. Hay una comunidad universitaria que se ha fortalecido desde la adversidad, indagando desde el saber para apoyar a las comunidades y a las pequeñas y medianas empresas que en medio de la demolición del país son las verdaderas fuentes de una precaria pero solida recuperación, son las buenas señales no deliberadamente creadas del país que se avizoran en el futuro próximo.

Cómo cambiará el mundo luego de la pandemia – Caso Venezuela

La democracia acorralada

La democracia  es un modelo deliberativo permanente sobre el cómo se participa y cómo se comparte aquello para lo cual a cada uno por su propia cuenta le sería imposible alcanzar sin afectar de manera crucial la vida de otro. Estamos ante una complejidad extrema normativa conforme al estado del arte en la actualidad, es equivalente a decir que la solución es política y no científica. La democracia se encuentra acorralada y podría ser la víctima mayor de la pandemia. El problema decisivo es el de la desconfianza como recurso estratégico del autoritarismo en su variante populista. La disrupción tecnológica ha facilitado por la vía mediática la descalificación de la esencia de la deliberación: ha socavado las bases de un lenguaje común para delinear la certeza de las cosas a través de la relativización de la verdad y del declive de la confianza entre todos y hacia todos. Es la esencia de eso que ahora denominamos como “posverdades”.

Otro aspecto relevante, es la “infoxicación” ese fenómeno que sofoca la verdad en las redes y es la vía efectiva para acciones cuyo desenlace esperado por quienes detentan el poder, es la perpetuidad, su eternización en el mismo. Desde el uso del llamado “comunismo”, de que existe un complot desde China para imponerse como hegemonía mundial y de la idea de la superioridad de los estilos de democracia occidental que privilegian el ideal del ciudadano en términos de autonomía sobre el reconocimiento de que tenemos una vida compartida, son los signos de un desbarajuste que puede conducir a un mundo con países cerrados en sí mismos, nacionalistas y autoritarios. Hay responsabilidades en el manejo de la información por parte de China, hay responsabilidades en el primer mundo occidental por la presencia estados carentes de un enfoque de bien común, hay casos como el nuestro que de tanto vivir en una precariedad extrema, peor que la propia pandemia, ha recreado, por el momento, en nuestra sociedad una condición anti-frágil de bajo impacto del COVID-19.

Lo que vendrá guarda relación con el restablecimiento de una democracia deliberativa fundada en la confianza, con mecanismos institucionales y reglas que permitan una suerte de lenguaje común para poder lograr acuerdos y hacer llevaderos los desacuerdos. Desde nuestra independencia en lugar de convertirnos en república, nuestro sistema social ha seguido el camino contrario: fundado en la dependencia de la gente y no en su empoderamiento. Sólo los atisbos de un relato con visión de futuro se vivieron luego del “Programa de Febrero de 1936” -cuyos alcances socioeconómicos son referencia mundial desarrollo- y se asomaron con el ensayo abortado de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE) creada en 1984.

La democracia iliberal o populismo

El COVID-19 acelerará los procesos autoritarios que han debilitado a la democracia en el mundo, transformando la gobernanza de muchos países en democracias parciales, tuteladas que ahora son agrupadas en una nueva categoría como «iliberales». En diferentes escalas son sistemas de gobernanza en los cuales tienen lugar elecciones, pero la gente en diversos grados, según sus vínculos con quienes ejercen el poder, está separada del conocimiento sobre el ejercicio del poder bajo el sometimiento por la carencia de libertades civiles, es un mundo en el cual la «sociedad abierta» podría ser la excepción a la regla.

Si el escenario se propaga se hará posible el arraigo de una cultura de países “probablemente libres”, entre democracia y autoritarismo, con una “iliberalidad” en la cual todo es posible aun coexistiendo instituciones que supuestamente limitarían los poderes de gobierno, ya que quienes están en el gobierno pueden saltarse las contingencias de cualquier constitución, como ocurre en Rusia, Tailandia, Venezuela, Singapur, … como puede acontecer en cualquier país en los cuales quienes los dirigen atacan a la prensa, amenazan a los adversarios con prisión y hasta coartan o impiden elecciones si perciben que pueden ser derrotados.

Ningún país se encuentra hoy inmunizado frente a la “iliberalidad” como amenaza autoritaria. El populismo y su estadio superior de evolución “iliberal” pueden acentuar su virulencia en el mundo bajo el argumento de la amenaza del COVID-19 y de su interpretación política como un complot en el cual hubo intencionalidad o responsabilidad política en el conflicto comercial entre EE. UU. y China.

Por último, un signo de transmutación del populismo en “iliberalidad”  lo constituye la presencia de rasgos de un autoritarismo competitivo toda vez que asegura su perpetuidad en el poder y deja de hacerle falta la emisión irresponsable de dinero y la asfixia regulatoria.

Las “criptomonedas” y la pérdida de control del dinero

El futuro no existe, es imprevisible, sin propósito final, ni tendencia única, ni nada que le obligue a algo diferente a un va y viene entre la incertidumbre y el desorden medianamente controlado. El futuro es un albur, es ésta  fatalidad la que más agudiza nuestro vacío existencial actual, pues dedicamos gran parte de nuestra actividad a reflexionar sobre el mañana, reflexión que condiciona paradójicamente el comportamiento presente. Quien realmente necesita sentido de propósito es el ser humano. Esta ausencia de certeza, obliga a reflexionar más sobre el porvenir y a ser más prospectivos en nuestra actuación cotidiana. Los signos del tiempo que viene están marcados por el desorden y por los desequilibrios dinámicos. Es inevitable nuestra adaptación para armonizar en un ambiente donde la norma es y será la turbulencia.

Los protocolos de conducción mundial han escaparon a la ilusión de armonía y control por parte de la humanidad, no por ello dejará de ser importante el logro de compromisos que nos conduzcan a la prosperidad cuando se acertemos en materia de acuerdos y de política pública sobre el cómo intervenir y cuándo dejar en paz al sistema sujeto a sus mecanismos de auto-regulación. Son tiempos de inevitables perjuicios involuntarios causados al ambiente y a la manera como interactuamos unos y otros, con impactos de los cuales nos percatamos cuando ya es demasiado tarde, impactos con riesgo mayor sobre el planeta y sobre la supervivencia de la gente.

Con respecto al dinero son dos opciones sobre un acontecimiento que muestra sus signos: hay una expansión “terciaria” de la oferta de dinero cuya resolución en el caso de errores de política económica deja al mercado con las inevitables consecuencias sociales tal como se han presentado con el desorden en el suministro y distribución de combustible en Venezuela. Pero, está la razonabilidad de una actuación que a través de los propios mecanismos auto-reguladores del mercado con el menor costo social posible, pues lo importante es la incidencia sobre el proceso y no el control de lo incontrolable: el precio como resultado. Hay expansión “terciaria” de dinero que rige en el mercado cambiario de Venezuela y deja sin explicación al correaje entre la emisión irresponsable de dinero y a la propia creación complementaria de dinero expresado fundamentalmente en $USD, la teoría y práctica del saber monetario ha escapado al simplismo lógico de lo conocido. Hay señales de que el mercado tanto en nuestro país como en el mundo está deslizando hacia un sistema relativamente autónomo de “criptomonedas” y no se trata de un complot. En los albores de la humanidad las grandes tragedias se les endosaba a un castigo divino, ahora domina como explicación de todo la “teología” mediática del complot, de una intervención intencionada de un algo que ni siquiera explican.

La anti-fragilidad de los débiles

Es muy probable que el mundo le tome hasta cinco veces el tiempo de la duración crítica de la pandemia para restaurar su operatividad, sin embargo la recuperación no será del tamaño de la capacidad productiva, antes de la misma, porque vendrá un período de deliberación mundial con protocolos adicionales para el control de las formas de vida y de la movilización de la gente, de los bienes, materias primas e insumos al interior de los países y a nivel de comercio internacional que va a suponer unos costos adicionales, es el escenario más conveniente.

Venezuela, lleva 75 años de paulatina adopción de un populismo fundamentado en la extracción estéril de renta petrolera y 21 años de populismo autoritario con una involución y devastación jamás vista de la infraestructura física y moral de un país. Los venezolanos han sobrevivido, sin tener consciencia de ello, a todo tipo de penuria con una brutal reducción de su bienestar material desde el año 2012. Sin embargo, quienes han sobrevivido han desarrollado desde la adversidad una capacidad para sobreponerse a las adversidades inimaginables, es decir se han fortalecido -cosa bien diferente a afirmar “han resistido”-, pues han desarrollado anti-fragilidad ya que desde 1974 fueron perdiendo sus capacidades para restaurar la fortalezas a su nivel anterior -la conocida resiliencia-.

La confianza fundada en la innovación frugal para asegurar los mecanismos auto-reguladores y anti-frágiles del mercado y de la sociedad

Así se recuperen los precios del petróleo y la producción nacional, se supere el COVID-19 y exista una base pequeña de gente y de PYMES anti-frágiles, la superación de la crisis que sufre el país por su condición estructural-cultural llevará tiempo y será posible en el momento en que una nueva manera de vivir con sentido de propósito y un nuevo relato de país  estén claros para un número suficiente de venezolanos con capacidad de alinear y movilizar la sociedad hacia una auténtica democracia deliberativa.

La adquisición de los bienes y servicios de consumo final, materias primas e insumos, partes y piezas para producir, de origen extranjero, no será algo fácil como extender una orden de compra para la importación; previamente habrá que generar las divisas para hacerlo. La ayuda internacional tampoco llegará sin el ofrecimiento de proyectos que aseguren tanto la posibilidad de pago del capital y de su servicio como el retorno en términos de estabilidad sociopolítica.

El factor clave de éxito lo constituye la confianza, en un medio de extrema escasez e incertidumbre solo la esperanza de poder delegar, de creer en el otro, con una actitud prospectiva, es la forma de lograr el éxito de los emprendimientos. En la medida de que ese futuro inevitablemente depende de la acción de otro, habrá que dejar de preocuparse por el control de los demás y del tiempo. No existe opción, hay que creer que los otros serán capaces de actuar de manera consensual frente a cualquier situación y hay que pensar en la creación de capacidades para que la gente pueda resolver los problemas en el mismo lugar donde se originan.

No se puede esperar en caso de restablecimiento de la democracia y del estado de derecho que todo esté resuelto, tres factores lo condicionan, primero, la arraigada cultura populista en Venezuela bajo la cual se supone que cualquier cosa puede ser considerada  como verdad sin necesidad de consistencia argumentativa, ni de evidencias probatorias, segundo, que existen unas condiciones materiales que solo permiten logros bajo la liberación del mercado de los incentivos perversos que promueven en las acciones individuales intereses contrarios al interés general, es un asunto de estado, pero es también un asunto de cultura cívica, y tercero, la necesaria consciencia de que la actividad humana consiste en una adecuada armonía con el medio ambiente en el uso del dinero, la energía, la materia y la información con el más bajo desorden posible.

A nivel local y regional es condición necesaria una cultura de confianza que hemos llamado el “poder de la asociatividad”, nada más propicio que copar los teatros de poder público para crear una unidad transdisciplinaria, con participación de la academia, los gremios profesionales, las cámaras empresariales, todos juntos para generar capital social, empoderamiento.

 

Fragilidad deliberativa de los factores democráticos en Venezuela (I parte)

Esperando algo peor para mejorar

En la cotidianidad venezolana pareciera que a mayor penuria y sufrimiento la gente deseara aumentar pasivamente esas condiciones. Es como elegir comer peor porque se ha perdido la esperanza de hacerlo dignamente, de modo que se impide por cualquier iniciativa movilizadora en búsqueda de la paz y el sosiego. El “populismo iliberal” se ha arraigado como cultura de lo contrahecho, algo así como si para sanar una uña encarnada, decidimos destrozar al sufrido dedo con una mandarria y de paso descargamos todas las culpas sobre el infortunado paciente en lugar de escuchar su congoja y sanar su mal.

No hay peor amenaza que la originada por quien que se lee muy bien un libro, el que le gusta, y olvida que hay otros que dicen verdades así no le agraden. De modo que, en lugar de reclamar y exigir la paz al repartidor de atrocidades, intolerancias y ruina, se le quiere dar su propia medicina.

No se debe perder la esperanza de que en algún momento la fuerza, energía y convicciones de una narrativa auténticamente democrática sea tan grande que vayamos a las mesas de votación y que a pesar de todos los recursos que posea el régimen de nada le sirvan para convencerse que es mejor la democracia que perpetuarse en el poder entre escombros, violencia y ruina moral de un país. Ese momento tendrá su oportunidad cuando la madurez cívica asuma para sí que la sensatez es mejor que cualquier opción fundada en la destrucción del otro.

Es difícil lidiar desde la razón cuando la cultura de la inmediatez, de la banalización y de los impulsos se impone como comportamiento en el individuo. La idea de que la “verdad” puede ser recreada como realidad desde cada uno, que la verdad experimental de la ciencia no lo es y que la verdad deliberativa dialógica de la política carece de sentido, alimenta en la gente un individualismo que la conduce a las fronteras de la barbarie.

Nada en el universo escapa al mecanismo auto regulador “natural” de un algo que no juega con los dados y en sociedad a las reglas consensuadas que permitan convivir en paz con el otro desde la política.

La saturación intensa de información, el uso extenso e intencional de falacias, mentiras y provocaciones, privilegia a la fuerza sobre la sensatez. Todo lo que alimenta la desconfianza hacia todo y entre todos propaga y perpetúa el populismo “iliberal” de la gobernanza autoritaria. Ha sido un error en nuestro país plantearse el tema de la devastación socioeconómica y moral en términos del advenimiento o consolidación de modelos con fundamentos ideológicos.

Se observa, tanto en países con fortaleza institucional como en aquellos con debilidad institucional, la propagación de la crisis de la democracia como pérdida de la confianza en las élites y del necesario lenguaje con sus criterios para la dilucidación de los acuerdos y desacuerdos. La confianza y la deliberación democrática son precondiciones para llevar una existencia en paz con el otro renunciando a la idea de convencerle de algo y para alguna finalidad fuera de la suya.

El mal que erosiona la democracia se recrea desde su interior, muy poco tiene que ver con la rivalidad ideológica de izquierda o de derecha ni con movimientos conspirativos. Es una patología que como cultura se arraiga desde el individuo, pervierte a los movimientos políticos y da lugar a alianzas circunstanciales para la perpetuación en el poder de grupos cuya supervivencia pasa por la recreación del desorden y la distorsión de la realidad que con poco desgaste asegura su permanencia como gobierno, son anti frágiles.

La revisión de la economía en los tiempos de la posfactualidad y la posverdad (tercera parte)

Fatiga emocional 

Es un estado [1] que se hace presente cuando una desagradable sensación de agotamiento extremo se apodera de la persona, la postra y da lugar a un estado de parálisis para realizar hasta las tareas cotidianas con el sentimiento de que lo está haciendo razonablemente bien. La energía emocional es sensible ante lo cercano y muy poco ante lo lejano, antes ese comportamiento era de bajo impacto por ser esencialmente de origen local, pero ahora en un mundo globalizado es de gran transcendencia. Un relato para ser efectivo tiene que abarcar lo local, lo nacional y el mundo. Nuestras reacciones se encuentran bajo los impulsos de lo anecdótico y del sensacionalismo que se refuerzan mutuamente con unos medios de comunicación en cacería de rating.

Un contexto mediáticamente influyente, coloca a la gente en una condición reactiva frente al poder establecido que tiene un claro propósito estratégico orientado hacia su perpetuación en el poder. La capacidad respuesta con sentido de propósito se hace más difícil si añadimos la tentación mutua entre la gente y los medios, de escuchar, por un lado, lo que se desea y no las verdades amargas y, por otro lado, de ofrecer lo que se quiere escuchar y no la cruda realidad. El comportamiento humano es ingenuamente optimista en el caso de países con debilidad institucional, porque la superación de los males públicos que padecemos pasa por acuerdos difíciles de alcanzar que privilegien de manera transparente un proyecto de país y no la promoción de agendas particulares para el aprovechamiento futuro de un mundo supuestamente mejor.

Lidiar con el populismo o el “iliberalismo” es difícil, son sistemas complejos en los cuales confluyen variados intereses sin posibilidades de aislar relaciones causales, cuando se identifica alguna, fácilmente puede transformar la relación en otra totalmente diferente. La única regularidad que se puede encontrar bajo esos estilos de gobernabilidad es la extracción de rentas de los demás a través de la demagogia. El simplismo lógico excluye lo que se expresa de forma difusa, y dado que la verdad reside en la ambigüedad, su búsqueda se hace inútil para hallar contenidos de conclusión definitiva en las ciencias sociales. La estabilidad que pretende la asfixia regulatoria “per se” no es buena para la economía de un país: al igual que la gente, las empresas se debilitan pues la dependencia de prebendas y regulaciones, las hacen ineficientes. La incertidumbre recreada voluntariamente desde la gobernanza populista o “iliberal” es contraria a la posibilidad de que los errores y aciertos propios del emprendimiento agreguen valor social, es la explicación del cómo toda organización nacionalizada al término del tiempo desaparece o se transforma en un crematorio de recursos productivos.

Anti fragilidad y cisnes negros en el campo de la economía

En el caso de la economía la “anti fragilidad” y los «cisnes negros»[2] son categorías que sirven para definir aquello que mejora ante las situaciones que podrían destruirlo y que posee la propiedad de auto regulación social que permite asegurar los equilibrios económicos, políticos y sociales, en sistemas dinámicos e inestables. En un contexto en el cual la escasez es el signo de la existencia, la noción de la anti fragilidad puede servir como orientación estratégica para un país que necesita innovar de manera continua e intensa. Es el dispositivo conducente a un sistema auto regulador de sus equilibrios económicos, políticos y sociales, como imagen de un estado futuro deseable, retador y posible.

La anti fragilidad mejora la capacidad de respuesta ante eventos inesperados conocidos como de cisnes negros[3]. El término fue creado por Nassim Nicholas Taleb, economista y profesor de NYU. Según él, un riesgo de cisne negro tiene tres atributos: rareza, impacto extremo y predictibilidad retrospectiva. Es una rareza que reside fuera del dominio de las expectativas normales, porque no hay ningún evento remoto pretérito que respalde de forma concluyente a su posibilidad. Un evento de cisne negro produce un impacto extremo con consecuencias importantes para nuestra existencia. Está caracterizado por la predictibilidad retrospectiva. Es decir, no logramos predecirlo antes de que acontezca, pero una vez que sucede, pensamos que “lo habíamos visto venir”. Es un acontecimiento que puede adoptar diversas formas como resultado de la resistencia al cambio, de las regulaciones y del advenimiento de una tecnología de orden superior.

Los seres humanos, sufrimos de diversos sesgos mentales que nos hacen creer cosas que no son, hay una tendencia inmanente en buscar selectivamente evidencia que apoye una creencia aun cuando a conciencia se conozca su falsedad. Estos cuatro sesgos son:

Primero, la ilusión de entendimiento, cuando la gente cree que sabe lo que está sucediendo en un mundo que es más complejo de lo que creen. Verbi gratia, en relación con las “criptomonedas y criptoactivos”, la idea de que es una “burbuja” que pasará, que es un medio para la estafa, …, que no califica como dinero porque no tiene respaldo (sic). En el campo de la política asumir como verdad a priori algo que se debe probar aun cuando la probabilidad de ocurrencia sea elevada (sic), es el caso del núcleo duro del argumento del abstencionismo electoral en Venezuela, de esperar que estén dadas las condiciones ideales para votar, estricto sensu: nunca votaran, pues en dictadura esas condiciones jamás tendrán lugar, los espacios de la democracia bajo el totalitarismo se ganan con la defensa y la resistencia en unidad no con disidencias. Tanta validez puede tener abstenerse como no hacerlo, pero estratégicamente ir con decisión dividida a un proceso político irresponsablemente conduce al fracaso

Segundo, la distorsión retrospectiva, o la facilidad para evaluar e interpretar eventos sólo después que han ocurrido. Es la tendencia por explicar lo que pasó cuando ya se conocen las causas y a partir de allí recrear imágenes al futuro bajo la creencia de que esas reglas seguirán explicando lo que acontecerá. Es una forma de sesgo por inercia de defensa falaz de proyección lineal de algo que no puede ser sujeto de profecías y dar como hecho cumplido algo que corresponde a un evento futuro.

Tercero, la sobrevaloración selectiva interesada de la información fáctica y la displicencia hacia el conocimiento general de la gente y hacia la experiencia. Es la infoxicación que unida a la “neomanía” hace pensar que con leer el prólogo de manuales de autoayuda sobre la “BigData”, de la “neurociencia”, de la “inteligencia artificial” y con cuatro citas ya se poseen los criterios de validación o refutación de cualquier hipótesis. Las citas de autores no validan nada, simplemente constituyen un reconocimiento a quien pertenecen por haber sido sus creadores originarios.

Cuarto, el miedo a la libertad y por extensión a “la descapitalización intelectual”. Es la aversión a la pérdida, es un temor que motiva más que la posibilidad de agregar valor. Es recelo de sentir que todo el saber acumulado durante años se puede esfumar en un segundo. Es el rechazo en nuestro medio hacia la discusión de contenido y evidencia. Es la distorsión que sufren quienes se leen bien un solo libro o quienes pretenden que el conocimiento no cambia. Es desarreglo que acontece cuando la abstracción teórica deja de ser la aventura por validar o refutar y el sujeto se hace esclavo de una búsqueda incesante de evidencias para defender su dogma.

La historia permite constatar que luego de crisis terminales y de situaciones de desorden económico, el ecosistema social comienza a operar con nuevas reglas de funcionamiento, pues los condicionamientos son otros. El estado solo podrá cumplir con sus funciones si la economía prospera de manera que asegure los tributos necesarios para proveer los bienes y servicios públicos. De un gobierno patrimonial (Fukuyama) [4] fundado en el clientelismo y el enriquecimiento personal o grupal por la vía de la captura de poder político se pasa a un gobierno impersonal en el cual se trata a su gente como ciudadanos con igualdad, justicia y respeto, donde no se necesita ser pariente o amigo de quienes detentan el poder, ni militante del partido político de los gobernantes de turno. Es la transición hacia la eliminación de los males públicos. Es el momento, en todas las esferas del acontecer económico, de la innovación para el rescate del afecto, de la confianza mutua, de las normas efectivas y las redes sociales. Es la recreación y rescate del llamado capital social (Putnan y Bourdieu) [5] y del empoderamiento. No es una cuestión de elección, es que no existe alternativa en la vía hacia la prosperidad.

La prosperidad necesita de unas formas de organización y de relaciones productivas diferentes a las del pasado, es la única forma de crecer económicamente de manera equilibrada y sin desigualdades. Se requiere una aproximación al bien común y al interés público (Phelps) [6] si se quiere asegurar la cobertura del costo de oportunidad de capital para los emprendedores (expectativa de ganancias) y el valor creado para toda la sociedad (distribución equitativa de ingresos).


[1] Enlace para descarga de este artículo: Frente al populismo

[2]  “Cuantos más datos tengamos, más posibilidades tenemos de ahogarnos en ellos”

Antifragile: Things That Gain from Disorder, Nueva York, Random House, 2012. Nassim Taleb

[3] “es una rareza, pues habita fuera del reino de las expectativas normales, porque nada del pasado puede apuntar de forma convincente a su posibilidad. Segundo, produce un impacto tremendo (al contrario que la aparición del cisne negro). Tercero, pese a su condición de rareza, la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que se hace explicable y predecible”

The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable, Nueva York, Random House, 2007. Nassim Taleb

[4] “All modern societies began with what Weber called patrimonial states, governments that were staffed with the friends and family of the ruler, or those of the elites who dominated the society. These states limited access to both political power and economic opportunity to individuals favored by the ruler; there was little effort to treat citizens impersonally, on the basis of universally applied rules.1 Modern government—that is, a state bureaucracy that is impersonal and universal—develops only over time, and in many cases, fails to develop at all.” Fragmento de: Francis Fukuyama. “Political Order and Political Decay”. iBooks. https://itun.es/us/d9iOX.l

http://prodavinci.com/2015/06/29/actualidad/habla-francis-fukuyama-por-jose-gonzales-grandesentrevistasprodavinci/

[5] El capital social debe entenderse como el que se origina de las relaciones de unos con otros y de la participación en redes sociales. Es una fuente de riqueza en la medida que reduce los costos de transacción (costos de legitimación de acuerdos) y genera externalidades positivas (beneficios sociales sin costos asociados). https://c.ymcdn.com/sites/www.istr.org/resource/resmgr/working_papers_dublin/siisiainen.pdf

[6] “Pero también sería un error no entender la relación entre la desigualdad y la innovación. Es menos innovación – no más – la que ha aumentado la desigualdad en los Estados Unidos en los últimos decenios.” http://opinionator.blogs.nytimes.com/2013/02/24/less-innovation-more-inequality/

http://www.ancmyp.org.ar/user/files/Phelps.pdf

Uno de los nuevos expertos del pensamiento estratégico que ha desarrollado exitosamente esos principios gerenciales es Navi Radjou.

http://naviradjou.com/wp-content/uploads/2014/07/Navi-Radjou-Revue-de-Presse-French.pdf

http://garage21.org/2014/05/09/jugaad-linnovation-version-frugale/

http://naviradjou.com/