La negación de las verdades amargas de la realidad como sostén del autoritarismo

Venezuela es un país donde el comportamiento de sus pobladores es difícil de comprender. Es casi seguro que en una conversación descuidada manifiesten con certeza la raíz de los males y también el cómo eliminar su fuente, pero sorpresa, a la hora de la resolución, la conducta consentida es la que corresponde a un escenario, donde parece que nada acontece, o cuando menos, como si fuese una quimera sin superación, un imposible que culmina con la negación de la realidad.

Es como un paciente que, consciente de sufrir una patología antes de cualquier decisión racional, ha navegado por la red, posee su propio diagnóstico extraído de sus lecturas a partir de la navegación en “google”, también ha practicado en su humanidad, las prescripciones de sabiondos, brujos, chismosos y entrometidos, al fin ya agotadas todas sus opciones, se decide por la consulta médica. Igual la gente prefiere muchas veces dejar de último la responsabilidad de enfrentar aquello a lo cual teme.

La trama no culmina allí, pues en el campo de las ciencias sociales se añade, del lado de quien orienta la acción del paciente, un comportamiento extraño: es corriente que el galeno de las ciencias sociales se esmere en ofrecer todo tipo de argumentos, para reafirmar lo que el enfermo quiere escuchar y no las verdades amargas de su realidad. Este fenómeno es bien difícil que ocurra en el campo médico, pues la negación de la realidad podría tener como riesgo inminente la muerte del paciente. Por ejemplo, ante el aumento de salario mínimo, no se plantea un debate sustancial, lo más avanzado en el discurso es: no alcanza, es insuficiente. No se le aclara al público que ningún aumento es real, en tanto no amplíe la oferta de bienes y servicios, porque acrecienta la desigualdad al privilegiar sólo a los trabajadores del sector formal que son una minoría. No se asocia la inflación con su verdadero origen: la asfixia regulatoria, la ausencia de independencia y autonomía de los poderes públicos. No se hace explícito para el público que el arraigo de una cultura y una ideología anacrónica, destruye la confianza, sume al país en corruptelas, en medio de una lucha fratricida, la mal llamada “lucha de clases”.

Para el galeno de los males sociales el asentimiento de la realidad podría significar la pérdida anticipada de capital, no lo querrá más su paciente y los medios lo condenarán al ostracismo por no ser noticia. La noticia es lo que la gente quiere escuchar, no las verdades amargas de la realidad. En los medios los temas preferidos son aquellos relacionados con medidas macroeconómicas asiladas: el sistema de pagos internacionales, el equilibrio de las cuentas fiscales,…, el control de precios. Está ausente lo fundamental: un plan de reformas económicas e institucionales, un enfoque microeconómico para la optimización y simplificación de las regulaciones a través del análisis de impacto regulatorio.

La negación de la realidad es un antiguo problema, hasta los expertos ocultan las evidencias cuando los hechos no respaldan sus teorías y buscan someterla a fuerza de falacias. La descalificación los signos acres de la existencia podría ser una respuesta defensiva de algún sentimiento de culpa hacia la misma. La más inocente forma de ocultamiento consiste en presentar la norma como realidad, como si no fuese posible que los hechos contradicen la norma.

Los venezolanos presentan una reacción en su comportamiento similar a las víctimas de secuestros, de violaciones o de retenciones en contra de su voluntad, desarrollan una aceptación de lo contrahecho hacia quienes constituyen el origen de los males.  Desde hace tiempo, la población se llena de un bienestar auténtico cuando no ha sido víctima de un acto violento, cuando luego de cuatro horas de sufrimiento en cola, finaliza con una compra efectiva de un litro de leche, cuando llega a su casa y la ve íntegra sin los efectos de un acto vandálico. Ve cualquier ausencia de males públicos como un acto de suprema humanidad por parte de quienes detentan el poder.

La realidad en nuestro país es impopular, en apariencia cada quien se cree artesano de su vida y de su destino, en su interior muy probablemente se tenga a sí mismo como un aprovechador fortuito de este largo festín de Baltasar, de una renta petrolera que nunca fue producto del esfuerzo creador.

Mientras quienes detentan el poder tengan frente a sí, la contingencia de la pérdida de sus privilegios, y el común de la gente, la de ganar lo que no poseen, la fuerza de los acontecimientos favorecerá al autoritarismo, pues quienes viven del poder están de frente a la pérdida crucial, en tanto la gente puede vivir como está, con ganas de un mundo mejor, pero sobreviviendo en el que únicamente conoce: el presente. Hay que llevar al plano consciente que, para nosotros no es ganar el futuro, nuestro riesgo también es crucial, es el de perder los restos de humanidad que aún nos quedan, está en juego nuestra propia existencia.

Entre nosotros, los mutuos ataques, las desavenencias, los enfrentamientos por un poder que no se tiene, pero que los actores fundamentales tienen en mente, nos hace daño, es la miopía del protagonismo de los buscadores de gloria. Hace falta la reconciliación, la unidad y el cambio, es la determinación que debemos asumir quienes no nos encontramos ante la disyuntiva del poder, sino ante la propia extinción como ciudadanos auténticamente venezolanos, en libertad y democracia.



Categorías:Filosofía, Política

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