Prospectiva 2023 para una agenda productiva del país

Una hoja de ruta prospectiva

Aludimos una heurística orientada hacia el diagnóstico de las posibilidades que tenemos para darle espacios y alternativas a la propuesta con sentido de propósito del proyecto vital de cada uno, sea como individuo, familia, grupo, organización o gobierno.

La hoja de ruta es diferente de las predictivas sobre lo que acontecerá con las variables que más nos premian, y también de las normativas sobre lo que suponemos debe ser la guía de acción de los demás. Nuestra propuesta se formula en términos de la esperanza objetiva derivada de una exploración del entorno cercano sin neutralidad, pero con imparcialidad. Los problemas no se pueden resolver sin antes comprenderlos bien.

El entorno mundial cercano

La acción humana, en su propia escala, ha acelerado el orden espontáneo de la naturaleza. Tener tan cerca el pasado y tan incierto el futuro es una condición que remite, a la gente y a quienes poseen capacidades para influir en ella, a la exploración de explicaciones a partir de teorías y experiencias de un pasado cuyo contexto de validez es totalmente diferente al de hoy. Esa búsqueda promueve acciones que lejos de resolver problemas los agrava, porque recrea en las masas la desconfianza y el sentimiento amargo de que otros son los culpables de su desdicha. Este modo de actuar alienta en cada uno la detestación hacia los demás, contra las instituciones, contra la política. En ese imaginario nadie escapa a la sospecha de ser conspirador de supuestos proyectos ideológicos que ya no existen.

El pasado como problema nos delega costos en el presente porque la certeza del momento privilegia el logro inmediato ante la indeterminación del futuro, esta realidad es histórica en la conducta humana. Como la opinión se recrea en el instante y la ciencia en el tiempo reflexivo, en la escena prevalece el frenesí de las emociones en las redes, se instaura un desbalance entre el corto plazo y el largo plazo favorable a la opinión y se arroja sospecha hacia las capacidades de la ciencia para resolver dificultades. Hay una sobrecarga informativa que excede la capacidad limitada de procesamiento del individuo, lo cual amplifica los efectos disfuncionales de la tergiversación voluntaria o interesada de la realidad.

Muy a pesar de la constatación en el presente de los daños ambientales, económicos, sociales y sanitarios ocasionados por decisiones tomadas en el pasado, bajo el peso de lo inmediato y de lo mediático, aun así, el desbalance entre el corto y el largo plazo en lugar de cerrarse ha aumentado riesgosamente. La premura con la cual se enlazan los procesos políticos y los derivados del mercado y su rezago ante la dinámica social comprometen a la democracia cuando prevalece el nacional populismo que encierra hacia adentro a los países con poder e influencia sobre el destino mundial, es la paradoja en un mundo definitivamente sistémico e interrelacionado.

Lo desconocido crea temor y la conciencia de ello para el manipulador lo transforma en mercancía para producir miedo o terror, mercancía vital para quienes detentan y desean perpetuarse en el poder, pues engendra el encerramiento hacia adentro del nacionalismo populista como patología social. El tiempo de los acontecimientos sociales se ha adelantado al tiempo de la acción política reflexiva.

Sin embargo, la trama civilizatoria es sistémica, ninguna nación escapa a los eventos importantes que acontecen en cualquier lugar del planeta, de modo que estamos en presencia de un mundo interrelacionado. Los temas del ambiente, de las comunicaciones, de la economía, de la salud, de la protesta en las calles son incontrolables y afectan a todos. Detrás de ese estado de conflictividad está el sufrimiento de una mayoría silenciosa con escasa capacidad para sobreponerse a las vicisitudes.

Desde hace más de ochenta años ni siquiera las superpotencias han podido alzarse con una victoria clara en todos los conflictos armados y tampoco las sanciones y exclusiones han permitido alcanzar los logros esperados. En estas situaciones, han sido los más vulnerables quienes asumen los costos. Las transiciones bajo polarización y conflicto hacia la democracia han sido realmente ruinosas e imperfectas.

La prospectiva de la esperanza

Mientras se desanda el camino para las soluciones permanentes y globales, la sociedad civil deberá ganar contrapesos frente a los gobernantes y a los actores con influencia y poder. La gente y los emprendedores están marcando la pauta de lo social frente a lo político que se ha quedado en rezago. Desde la base se ha aprendido a sobrevivir sin gobierno ni representatividad.

Las claves para una acción razonable se deben formular a través de un sistema de alertas tempranas que nos permitan una acción rápida y flexible en un ambiente frágil, sin causalidad lineal, angustiante con efectos colectivos e incomprensible. ¿En el caso de Venezuela cuáles son esas señales del camino que nos orienten hacia un destino?

Si se hace presente una gobernanza que realiza todos los esfuerzos para salvaguardar el poder adquisitivo sin reducir la competitividad ni alimentar la inflación: bancarización con un sistema de múltiples monedas. El control de la emisión irresponsable de dinero no debería conducir a una crisis recesiva, especialmente en la agricultura y las PYMES.

Si tanto el gobierno como los actores con poder e influencia buscan claros consensos en la promoción de la competencia para una mejor efectividad del mercado sin ralentizar los incentivos y el cuido de una transición ecológica.

Si percibimos claras señales de alicientes para reestablecer el equilibrio entre la gobernanza pública y la acción de las empresas que puedan limitar las desigualdades, la exclusión social y las injusticias.

Si como país participamos y nos comprometemos en la lucha contra el cambio climático, la degradación ambiental y en el cuido de la biodiversidad. Porque son sin duda las inversiones acopladas con la transición ecológica las que sufrirían.

En el espacio de nuestra actuación académica (docencia, extensión e investigación) y de nuestra actuación profesional hemos alentado a la gente y a las organizaciones al seguimiento mensual del comportamiento de unas pocas variables macroeconómicas: base monetaria, liquidez monetaria, reservas internacionales netas, precios y exportaciones de petróleo, tipo de cambio paralelo y el promedio oficial. Mensualmente incorporar las dos presentaciones del índice general de precios – el de la Organización Venezolana de Finanzas (OVF) y la del Banco Central de Venezuela (BCV-.

Como modelo de negocios hemos realizado prácticas orientadas por los modelos de negocios de la antifragilidad, la innovación frugal y la identificación de espacios donde la rivalidad pierde sentido.

El seguimiento microeconómico lo efectuamos con análisis de sensibilidad de precios y costos con frecuencia semanal.

En virtud de la abrumadora e intensa invasión de información inútil, tergiversada y tendenciosa ante cada presunción de explicación de cualquier evento hay que validar la pertinencia, certeza y la causalidad de este para excluir cualquier correlación espuria, variabilidad sistémica o comportamiento inercial instantáneo producto de tensiones emocionales.

 

La volatilidad del tipo de cambio, la inflación galopante y la política económica

 

la volatilidad del tipo de cambio, la inflación galopante y la política económica.

El desorden como práctica monetaria

Un cierre de año con una inflación galopante y una erosión cambiaria que ajusta parcialmente la pérdida de poder adquisitivo creada por emisión irresponsable de dinero.

Son males cuyo efecto se amplifica estructuralmente con la asfixia regulatoria, la voracidad fiscal extendida hasta las alcaldías y los impedimentos inútiles de frenar la “dolarización” imperfecta de la economía venezolana.

Coyunturalmente los precios del petróleo no han subido como desearía el gobierno ni se ha podido producir y colocar el petróleo en cantidades suficientes como lo exige el desenfreno fiscal. También la inestabilidad de las “criptomonedas” ha tenido su influencia en la trama de la inestabilidad del tipo de cambio.

El control de lo coyuntural externo está fuera del alcance de la política pública, lo que si es de responsabilidad en el ejercicio del poder es la emisión irresponsable de dinero y la asfixia regulatoria.

La causalidad puede ser diversa, pero lo que distingue la buena gestión de los recursos fósiles es su orientación hacia lo estructural de largo plazo que en nuestro país ha estado indisolublemente atada a al deseo inmediato de algo sujeto a las pulsiones y a las emociones. Es lo contrario del exitoso ejemplo de Noruega.

Mitos en la interpretación de la volatilidad cambiaria

Hay un mundo sumergido de la economía que muestra los signos objetivos de una pausada recuperación cuya fuente tiene su origen en esa férrea voluntad de emprendedores, de gente del sector informal no perverso (exploren en Google los llamados “espíritus animales” de Keynes) y del ingenio de quienes no pueden huir del país. Es el rostro ignorado de una respuesta auto reguladora y favorable desde el mercado (hurguen la red el principio del “orden espontáneo de Hayek).

El desconocimiento de la economía por su complejidad y la aversión hacia la indagación y el tratamiento estadístico de los hechos alimenta juicios errados sobre el origen y solución de los graves problemas del país. De modo equivocado las creencias fundadas en el simplismo lógico hacen pensar que en Venezuela permanentemente los gobiernos han tenido tendencia a la sobrevaloración del tipo de cambio. La práctica de la sobrevaloración explica la pérdida de competitividad de la manufactura nacional y la extracción de recursos desde los sectores productivos hacia la ganancia fácil y efímera derivada de los mercados negros. Pero, no ha sido dominante durante los últimos setenta años de historia económica de Venezuela.

A lo largo de la historia cambiaria de Venezuela se ha comentado sobre la propensión a la sobrevaloración de la tasa de cambio, la razón es que la afluencia de divisas producto de la exportación del petróleo fue tan grande que el bolívar ganó valor en dólares, con el inconveniente de que los bienes susceptibles de ser exportados no podían ser lo suficientemente baratos para competir en el mercado internacional. El desarrollo de una economía industrial solo fue posible con protección, ayuda financiera y exenciones fiscales, fue el inicio de los alicientes para que quienes tenían poder discrecional hicieran uso de este en favor de sus intereses y no de los del país.

No obstante, cuando sometemos las estadísticas mensuales del comportamiento de la tasa de cambio y la inflación conjunta de Venezuela y EE. UU. encontramos una leve tendencia hacia la sobrevaloración de 0,18% por mes con un rango de variabilidad entre -63% y 109%, es decir que no fue de una magnitud tan grande como para causar impactos significativos en una manufactura protegida y ayudada. El daño más importante fue producto de esas desviaciones de recursos productivos que se recreó desde el poder discrecional, recursos que se filtraron hacia los mercados sumergidos de la ganancia especulativa y hacia el exterior como fuga de capitales.

Ante le insuficiencia estructural de reservas internacionales, la mala conducción de la industria petrolera, el descuido de la industria básica y la falta de adecuación de la gobernanza del país con la transformación geopolítica y tecnológica del mundo, el país llegó a la calamitosa condición extrema de su economía. El gobierno no tiene opción está obligado a reducir la asfixia regulatoria y desacelerar la emisión irresponsable de dinero, es así desde abril de 2020 casi todos los bienes y servicios de Venezuela valorados en $USD se fueron alineando con los del resto de la zona subregional andina con la excepción de los vehículos. Al mes de febrero 2022 solo restan por debajo de la media de la subregión los servicios, el alquiler, el combustible, el costo de sostener un puesto de trabajo en las empresas formales, la educación, el entretenimiento y la vivienda. Es una alineación que valida la igualación del precio de los bienes susceptibles de comercio internacional, entre países, cuando se liberan las condiciones de comercio de un país.

Si se avanzara más en los ajustes inevitables que le esperan al país, eliminando la asfixia regulatoria tanto del gobierno central como en los locales, es de esperar que esos ajustes se alivien y la leve recuperación económica tenga más asideros para continuar (1).

Una política económica inductora de recesión e inflación

“En definitiva, tenemos gente con trabajo, pasando trabajo y mercados con abastecimiento, pero no tantos compradores y tenemos un sector productivo que apostó a la recuperación. Los problemas de corto plazo son la caída del poder adquisitivo, la salud fuera del alcance del presupuesto familiar y la mala alimentación. En el mediano y largo plazo se empezarán a sentir los efectos de la descapitalización del talento humano y de su formación.”

Ciertamente el país no se ha arreglado, pero ahora desde los mercados en las zonas populares hasta en las zonas residenciales de alto poder adquisitivo se observa un nutrido abastecimiento de bienes nacionales e importados, no es la imagen recordada de la búsqueda infructuosa, de la espera en colas, del costo inducido por la escasez. Ya la gente no pernocta para aprovisionarse lejos de su hogar a las puertas de los supermercados en cacería de algún “dato” sobre el lugar donde llegaran los despachos de bienes bajo riguroso control de precios. No es el cuadro anticipado de un colapso social con una mezcla de hambruna, violencia de todos contra todos, de un estallido social con saqueos y represión violenta.

La producción agrícola, con intermitencias lleva unos tres años y medio de crecimiento (3,17% anual) y se espera en este año una cosecha de maíz con más del 30% de aumento y otro tanto de arroz. El consumo per cápita de pollo fue 14,28 kg para el año 2020, está rondando 17,41 kg para este año, la producción mensual de cajas de huevos de 577.226 cajas del año 2017 se encuentra en este momento en unas 750.000 cajas (116 huevos per cápita). No se está validando ninguna hipótesis de mejora de la economía, en Colombia el consumo per cápita de pollo es de 36,5 kg y el de huevos es de 334 per cápita.

Desde el mes de octubre de 2021 hasta el presente, se han dado cambios importantes en la política económica, una conversión monetaria con una elevación de los costos de transacción en notarias y registros han dejado a la mayoría de las empresas venezolanas fuera del financiamiento bancario, financiamiento que ya estaba en condiciones de precariedad por las regulaciones que pesan sobre el sector financiero a nivel de encaje legal.

El contexto de asfixia regulatoria que pesa sobre el sector productivo se agudiza este año con la voracidad tributaria de las alcaldías, la aparición del impuesto a las grandes transacciones financieras y el freno a la dolarización que limita las funciones bancarias a una simple custodia de dólares. Por estas razones, las finanzas de las empresas se encuentran comprometidas pues el período de cobro se alarga a 45 días y más, secando el capital de trabajo necesario para el pago de los gastos operacionales.

A la mala práctica regulatoria se agrega la creación irresponsable de dinero con un crecimiento promedio mensual de 18% sin poseer el respaldo necesario que con la contención de la dolarización y las dificultades de las empresas para superar la reducción de su capital de trabajo hace pensar que prevalecerán los inductores recesivos sobre los inflacionarios.

Las empresas sobrevivientes están planificando con base en recursos propios y sin intermediación financiera, con márgenes mínimos para reducir pérdidas por absorción de costos y gastos fijos. Es una estabilización marginal desde el sector productivo a “pulmón propio” contra todo pronóstico. A pesar de un escenario de débil recuperación comprometido por estos errores de política económica, aún se posee la fuerza inercial del impulso de una programación efectuada desde el último trimestre del año 2021 que a nivel del sector agroindustrial de pequeñas y medianas empresas tendrá sus efectos durante este segundo semestre.

La “dolarización”: una elección moral ante el desorden

Estamos frente a una “elección moral” pues la cultura de la “emisión irresponsable de dinero” está tan arraigada en nuestro país que en la práctica resulta imposible para quienes ejercen el poder de emisión renunciar a hacerlo. Esta realidad histórica permite la previsión adecuada y prudente de que nunca habrá continencia por parte del funcionario desde el momento que disfruta del poder de emisión. Los daños de los procesos inflacionarios afectan esencialmente a los más vulnerables de la sociedad y forman parte de los orígenes de la demolición socioeconómica del país.

Es una elección moral fundada en la buena intención y acción para aliviar el sufrimiento de los pobres y liberar las capacidades de quienes producen y emprenden. Los efectos presumibles de la supresión del señoreaje y de la soberanía que supone una “dolarización” tienen impactos tolerados que guardan proporción con lo que se intenta. Hasta ahora, el señoreaje y la soberanía que permite la emisión de dinero solo han tenido efectos perversos.

Conceptualmente lo que hemos llamado, con mucha precisión, “irresponsable” es la pretensión de hacer uso del dinero con propósitos bien distintos a los de asegurar la estabilidad monetaria y la autonomía del ente emisor. Ni Keynes ni Hayek, y tampoco Friedman, plantearon el uso del dinero más allá del resguardo de la estabilidad del sistema de precios. En el caso de Keynes hubo diferencias en materia fiscal que se plantearon de manera muy clara, con el uso excepcional del déficit fiscal solo bajo existencia de desempleo involuntario con fuerza laboral calificada del tipo que requieren las empresas en operación, excedentes de existencias de materias primas, partes y piezas y plantas industriales en condiciones de subutilización. Esas son las condiciones actuales en EE. UU. y la UE que se refuerzan con el imperativo geopolítico del conflicto en Ucrania (impacto sobre el 30% de la producción de maíz y trigo, y 60% en la de girasol).

Lo que sí es un craso error es atribuir los ajustes de precios, en un mundo en transición, al manejo del dinero cuando obedecen a la bifurcación civilizatoria geopolítica, a la disrupción tecnológica y a los daños a la biodiversidad (entre ellos la misma pandemia). La deslocalización industrial en el mundo con el advenimiento de la impresión 3G y la tecnología 5G nos indica la existencia de una destrucción creativa, equivalente a la “Schumpeteriana”, que se agrega a todos los eventos anteriores.

Todo lo que la ciencia y la experiencia en materia monetaria ha sido reconocido en el mundo se tergiversa en Venezuela, porque el sostenimiento de la emisión irresponsable ha destruido al país y ha afectado esencialmente a los más vulnerables. Desde 1973 hasta el presente hemos acumulado estudios y evidencias sobre la emisión irresponsable de dinero, la inflación y el tipo de cambio con series de tiempo mensuales sometidas al rigor de pruebas “estocásticas” que validan lo antes dicho.

La emisión de dinero en EE. UU. y en la UE, desde la época de Charles De Gualle, dejó de ser institucionalmente irresponsable. En esos lugares la creación de dinero no es controlada por sus gobiernos sino por el ente emisor con autonomía y reglas de actuación bien claras.

Esa cultura rentista de meter la mano en el bolsillo de la gente para extraer su poca capacidad de adquisición con emisión de dinero es inmoral y quienes han pasado por diferentes unidades de investigación lo saben. En esta nación hay emprendedores, gente y organizaciones que, sin relaciones privilegiadas con ninguna forma perversa de poder ni con malas prácticas morales, se han fortalecido desde la adversidad a pesar de una asfixia regulatoria intensa y extensa de una mala gobernanza. Pero, nada impide que la “dolarización” imperfecta e inevitable, abra espacios precarios desde la economía para un funcionamiento menos cruel que el existente en el país y los abra también para el restablecimiento de la democracia, la esperanza y la confianza en el futuro.

El dilema del gobierno es cuántas concesiones puede hacer ante sus apoyos de sustentabilidad, por una parte, los que provienen de la economía informal destructiva y de la explotación agresiva de los recursos naturales, y, por la otra, los que emanan de una alineación circunstancial de intereses con organizaciones situadas más allá de los límites de la legitimidad. Es la disyuntiva de su propia existencia con poder efectivo sobre el territorio ante organizaciones cuya naturaleza no admite acuerdos ni compromisos en su afán de extracción de rentas.

La propuesta es para una transición hacia un mecanismo que permita, a través del dólar, restituir el derecho económico de los venezolanos a poseer una unidad monetaria que les permita expresar el valor de las cosas, poder comparar transparentemente los precios de los bienes y servicios para realizar sus transacciones y si desea reservar parte de su riqueza en forma de dinero a la espera de una mejor oportunidad sin riesgo de pérdida anticipada de valor por inflación.

Jugar con la economía

Es un error de consecuencias fatales confundir el consenso reflexivo que exige la economía, con las falsas prescripciones influidas por el deseo de hacer concesiones a cada parcialidad del pensamiento como si fuese posible tomar un poco de cada cosa y tener un buen resultado porque todos han sido complacidos, es la historia económica del extravío de un país.

Es jugar con fuego, como lo hace el gobierno, el frenar y alimentar, espasmódicamente, la creación irresponsable de dinero y la asfixia regulatoria, como también juegan quienes critican todo sin fundamentos ni evidencias, esperando sin propuestas que alguna fuerza exterior nos resuelva la irresponsabilidad social de no ofrecer soluciones.

A lo largo de estos últimos 23 años de gobernanza, una constante en el desorden monetario ha sido la emisión irresponsable de dinero tanto en momentos en los cuales fue orgánica pues estuvo respaldada con suficientes reservas internacionales netas (1999 – agosto 2016) como en fechas posteriores cuando fue inorgánica pues no contó con ese respaldo. Con un crecimiento mensual promedio de la cantidad de dinero en 11 %, durante 1999-2022, es imposible la contención de la inflación, pues al no existir una oferta equivalente de bienes y servicios, sea con productos nacionales o importados, la demanda excederá a la oferta presentándose una condición para el aumento generalizado y desordenado de precios.

En un primer momento (1999-2016) la inflación fue galopante con un nivel mensual de 2,8 % a 3,0 %, el impacto no fue mayor porque los precios y los niveles de exportación del petróleo lo impidieron. Luego (2016 – 2018) se intensificó la creación de dinero alcanzando 35 % mensual, la inflación se hizo galopante oscilando entre 35 % y 48 % por mes. En un tercer momento, la emisión de dinero mensual promedia 93,5 %, fue inevitable el advenimiento de una hiperinflación en un rango mensual entre 107 % y 144 %. Fue un desorden anunciado que empobreció al país, lo quebró moralmente, lo llenó de colas, de mercados negros y de una cultura inmediatista y sin esperanza. Finalmente, desde abril 2019 la emisión irresponsable comenzó a reducirse, se permitió una dolarización imperfecta, se cedió en comodato o se devolvieron algunas empresas a sus dueños, se redujo el afán controlador de precios, los resultados todos los conocemos.

Lo acontecido durante estos últimos tres años es aleccionador, pues el dominio mediático del discurso, en las redes sociales, ha convertido la generación de ideas y argumentos, en un torneo donde el supuesto acumulador de seguidores y creencias se queda con todo. Brilla por su ausencia la capacidad deliberativa de suspender “supuestos a priori” en la búsqueda de un auténtico pensamiento que admita el acuerdo y la administración del desacuerdo, cuando uno u otro se haga presente. El necesario fluir, libre y tolerante, de significados es el que permite descubrir percepciones inalcanzables individualmente y es la manera política de hacerlo con rectitud.

“El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones” así lo prueban las generosas pretensiones de instaurar el mandato de la razón para materializar indiscutibles ideales sin la identificación de un cómo comenzar y un qué hacer desde lo que ya existe. La realidad social es más tumultuosa e impredecible de lo que suponen las creencias y utopías fundamentadas en transiciones que exigen desde la nada mucho a cambio de promesas de un futuro mejor para la felicidad de los hombres. En materia económica con sentido social siempre será mejor preferir los éxitos parciales pero efectivos que las grandes soluciones totalizadoras, fatalmente quiméricas.

Hay que estar en permanente alerta sometiendo a prueba las ideas, las leyes, los valores que rigen nuestro entorno, confrontándolos entre sí, sopesando su impacto en nuestra vida, eligiendo unos y rechazando los otros o, a costa de transacciones difíciles, modificándolas. Pero en el dominio económico, se debe permitir que florezca el orden espontáneo eficiente del mercado. Porque es una fuerza impersonal y anónima de la creación de valor. El Estado, para permanecer imparcial, debe contentarse con establecer reglas generales que, sirvan de marco para liberar la acción de los individuos en las tentativas de realización de sus proyectos vitales. Si el Estado pasa a hacer leyes de conveniencia, económicas o sociales, inevitablemente envilecerá el mercado y privilegiará intereses particulares, esto es lo que ha ocurrido con los dos pilares de la demolición material y moral del país: la emisión irresponsable de dinero y la asfixia regulatoria. No se puede esperar que estén dadas todas las condiciones, que cada uno espera, para comenzar los avances, hay que hacerlo ahora con propuestas para darle más fuerza a la recuperación económica que se viene observando desde el año 2019.

El problema para una estabilización real de la economía requiere además superar el problema de la asfixia regulatoria. En tanto no desaparezca el ejercicio de poder discrecional arbitrario y las regulaciones contradictorias entre sí y de difícil interpretación, se mantendrán todos los alicientes perversos favorables para quienes extraen rentas desde los sectores productivos. En este contexto ese mal de la asfixia regulatoria puede dar lugar a una intensificación de la depresión económica, a una caída de la producción y del empleo formal sin una auténtica reducción de la inflación

Las historias no se repiten, pero enseñan. En tanto las autoridades monetarias mantengan el control de la emisión irresponsable de dinero, es de esperar que en tiempo real se reduzca la tasa de cambio. Es el rebote de la incertidumbre “inducida”, a la que dio origen la expectativa alcista compartida por el público, como profecía autocumplida de la economía. Existe el sentimiento, entre muchos “influencers”, de que la tasa de cambio alcanzará el nivel de Bs 18 Bs $USD al cierre del año. Igualmente, el análisis de las series temporales bajo la premisa de que la emisión de dinero se mantenga en el rango de 22,3% anticipa una tasa de cambio en los alrededores de Bs 18 por USD$. Todo depende de lo que haga el gobierno con la creación de dinero.

Enlace para descarga del documento:


(1) Para una revisión sobre el tema recomendamos: Humberto García Larralde. La paradoja cambiaria de Venezuela. Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura, 2002, Vol. VIII, No. 2 (jul-dic), pp. 143-184 recibido 09-07-02 / arbitrado 16-09-02 36480207.pdf

Prospectiva 2023: los rastros del futuro posible

Enlace para descarga

Prospectiva 2023

Animación

 

 

 

Salir de la versión móvil