El mar de las ferias


El mar de las ferias

Horas antes, a mediodía el bailador hizo un tanteo por aquella pista de baile, diferente a las de los pulidos azulejos de piso y mosaicos, de los clubes del puerto, sería la primera vez que arrastraría sus pies en otros lares, al danzón del mar de las ferias.

Las esencias de la danza

Los mitos del garbo para aquella noche, eran de manos, palmas limpias en lisa piel, sin aroma alguno, libres para un ahogo en las esencias de la doncella. Los avíos, calzado, hálito y cuerpo como cristal de guayaba, dulcemente cálidos.

I

Dos cuadritos
del lado del corazón
en algodón de almendras,
esencias de Carven
con hierba luisa,
geranio,
esclarea y,
benjuí.

II

Zapatos en porcelana
tratados en aceite de cedros,
pulidos con cera del panal.
Un saquito de lino,
con semillas de hinojo,
rayados de sarrapia,
y clavitos de olor
para entre descansos
asegurar
el verbo de los encantos,
en cada cuchicheo de amor.

El ruego

III

Tenía en mente cuatro piezas
“La Banda está Borracha”,
“La Negra Celina”,
“El Collar del Lago”,
“Suplica” y,
“Silverio Pérez”.
La mano zurda neutra para copiar los aromas de la derecha de la María de las Canelas y dormitarse en la cadencia de su fragancia, aquella joven de giros lentos de cadera, de exhalación lejana, de vibrante cuerpo, sin error de movimiento al lance de cualquier pase.

IV

Invocó desde la eternidad
las canciones
de aquella noche,
al final quería más,
le cedió todas las que vinieran.

V

Pudieron bailar
en las cercanías
de dos centímetros,
a nivel de hebillas,
en traste y cuerdas,
a cuerpo completo,
en pasodoble
se trenzaron sobre el tendido,
arrucinas y trincherazos
en aquel Silverio Pérez
inolvidable,
cuando a giro rápido
tensaba desde la derecha
más allá de la vuelta
de aquella cintura,
de la prieta de las canelas.

El sueño

VI

Sin las ondas de trompetas y trombones,
ni trepidar de tumbadoras,
había que sentir
desde un hacia abajo,
de timbales,
piano,
clarinete,
órgano y saxo,
el embeleso del ni siquiera roce inesperado, a menos que en un molinete de pie izquierdo hacia el centro, le hiciera perder balance y así caer donde en pensamiento soñaba y la realidad se apartaba.
Fue la noche de la caseta tropical, del pedacito cantado de cielo, claraboyas de Puerto Cabello.

Era el viernes 13 de septiembre de 1968.

Francisco J Contreras M
8 de abril de 2017

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