Entorno político 2023: la democracia deliberativa y sus obstáculos en países con fragilidad institucional

América Latina lleva una historia de intermitencias democráticas sin conclusión sostenida, es un proceso salpicado por oleadas con pasajes autoritarios de variada violencia. Es un lugar con diversos grados de cultura autoritaria donde sobrevive el populismo, el militarismo y la corrupción. Es un sistema que se alimenta y recrea en la miseria y la desigualdad.

En nuestro país, el poder ha sido secuestrado durante mucho tiempo por una clase política que compartía la renta petrolera en connivencia con aliados de ocasión. Las elecciones se asemejaban a una disputa entre amigos, que se reconciliaban muy rápidamente, a espaldas de las masas, sumidas en la pobreza. Es la antesala de la demolición institucional y moral de la nación que se inicia en 1998. Desde entonces, el poder consolidó un control sobre el Estado que concluye con el desmoronamiento de la democracia, en un entorno de crisis económica, moral y social.

Venezuela es un ejemplo emblemático de la dificultad para organizar un cambio de régimen por la vía de movilizaciones, protestas callejeras y desde el exterior. Los intentos para restaurar la democracia desde la esfera internacional, invocando sanciones, apelando a una supuesta gobernanza desde el exterior, han traído como resultado la intensificación del sufrimiento de los más vulnerables y paradójicamente, sin ser su deseo, han dado un piso de sostenimiento al gobierno.

Contradictoriamente, los contados éxitos de los factores democráticos fueron por la vía electoral convencional, uno, el referéndum constitucional de Venezuela en 2007 cuyo propósito era modificar 69 artículos de la Constitución de 1999, entre los cuales estaba el de conformar a Venezuela como Estado socialista, y otro, las elecciones que resultaron en la victoria de los factores democráticos, con el logro de 112 de los 167 diputados de la Asamblea Nacional (56,2% de los votos), convirtiéndose así, en la primera victoria electoral de peso para la oposición en 17 años.

Hoy en día desde los medios se expresa el descontento, la ira y la frustración, que agravan la crisis de los partidos políticos. Los factores democráticos están alcanzando récords de fragmentación jamás vistos. La imagen de la democracia no se ve reforzada por los intentos de formar coaliciones entre grupos que se ven a sí mismos como adversarios. La rápida ruptura de los pactos políticos que tardan tanto en negociarse, pone en peligro la capacidad de organizar y alimenta el disgusto de los votantes. Es un círculo vicioso de rechazo y comportamiento ingobernable.

El que la gente no se sienta representada institucionalmente y que tampoco considere posible el ejercicio directo de su representación, en medio de una poderosa influencia mediática por la vía de las redes sociales, ha individualizado la sociedad, ha transformando la voz de cada uno en una poderosa herramienta de regulación y control social que ha reforzado una cultura autoritaria desde el propio individuo.

¿Será posible una vitalidad democrática renovada?

Hacer un balance de esto requiere cambiar la escala de observación de la política, centrarse en el nivel local e ir más allá del análisis electoral para revelar prácticas participativas. En nuestro medio local, al igual que en la perspectiva económica predomina la percepción de que no ha habido una mejora en los procesos políticos aun cuando los signos de la evidencia muestren lo contrario.

Todo no ha sido absolutamente malo, el desmantelamiento del estado de bienestar en el país, también ha conducido a la conversión de cada individuo en ciudadano que participa en su comunidad, en microempresario, otorgándole un poder cívico basado en la gestión y organización desde las bases y con sus pares. Lo que debería derivar de reformas constitucionales que consagren la descentralización y la lógica participativa en el desarrollo de políticas públicas, está recreándose sobre la firme voluntad de quienes asumen responsablemente posesionarse en su propio ámbito existencial.

La imaginación de los ciudadanos con respecto a la mejora de sus condiciones de vida es limitada cuando se alcanza un nivel extremo que deriva en la fatiga social. Antes de que los ciudadanos se sumerjan en la indiferencia, los momentos de crisis, pueden revivir la deliberación democrática. La democracia requiere una escucha más sostenida por parte de los políticos fuera de los períodos electorales. La esperanza de más democracia deriva del terreno donde cada uno lleva su existencia y no en la espera de que estén dadas todas las condiciones de consenso desde arriba, en las cuales pocos creen y donde prevalece un estado de conflictividad compulsiva que no da respiro a las posibilidades de una narrativa con sentido de propósito.

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