¿Por qué se perpetúan las dictaduras?

Introducción

La dictadura en la postmodernidad es un mal social que se manifiesta en todas las instancias, desde el propio individuo, la familia, las empresas, hasta el gobierno. Así se explica el éxito y perpetuación de las tiranías que se refrendan con elecciones ganadas. Los populistas o los “iliberales”, de derecha o de izquierda, se consideran a sí mismos como los auténticos intérpretes de las masas frente a las elites, frente las instituciones y frente a todo. La agenda oculta de los populistas o de los “iliberales” es la de transformarse en autócratas que comparten con su camarilla el ejercicio de la dictadura.

Inductores y marcadores de la corrupción dictatorial 

Hemos utilizado la palabra “inductor” para categorizar la posición del individuo que contribuye con el reforzamiento de las dictaduras, sea conscientemente o no. La otra palabra “marcador” para delimitar los factores que caraterizan los actos de corrupción.

A continuación de vamos a describir los inductores de las dictaduras:

  • La ausencia de contra poderes que permitan establecer límites al ejercicio del poder.
  • La imposibilidad institucional para que los opositores logren ser gobierno.
  • Las limitaciones a los derechos básicos: libertad de expresión, libertad política, libertad económica y el ejercicio arbitrario del poder en beneficio propio, de un grupo, clase o minoría que sostiene el sistema frente al imperio de la ley del Estado de Derecho.
  • La intolerancia: para el régimen quienes piensan diferente son vistos como cualquier cosa menos como gente.

El arraigo de una cultura social e individual que favorece el autoritarismo tiene como inductores los siguientes:

  • El miedo y el terror.
  • La impunidad.
  • La corrupción.
  • La colaboración y la complicidad.
  • La indolencia y la indiferencia.
  • La anti política y la anarquía social.
  • La llamada “viveza criolla”, esa actuación individual al margen de la ética sin consideración de consecuencias y ni de repercusiones.
  • El comportamiento evasivo: “si no lo hago yo otro lo hará”, “que se joda esta vaina de una vez”.
  • La imposibilidad de ejercicio cívico del individuo en los asuntos de estado en independencia de su juicio ideológico.

La caída de un dictador no significa el fin de la dictadura. La dictadura es una máquina perversa que se alimenta a si misma por la vía de la desconstrucción institucional y del arraigo de una cultura social e individual de sumisión, de irresponsabilidad y de anarquía que interactúan de manera contradictoria y simultánea.

El temor, el miedo y el terror

las dictaduras contemporáneas tienen una fuerte caracterización populista y constituyen gobiernos administrados por grupos humanos encargados de ocupar posiciones claves en el gobierno, obteniendo usualmente grandes privilegios derivados de la ejecución de dichas funciones que para nada tienen que ver con la ideología a pesar del interés, de esos grupos, de justificar las penurias, sufrimientos como condición de lucha ideológica que exige el sacrificio social hasta que se consolide el poder del pueblo.

La perpetuidad de las dictaduras necesita todos los recursos del Estado apoyándose en la psicología social e individual y en tecnologías inexistentes en el pasado para provocar de manera permanente una perturbación angustiosa del ánimo de la gente recreando estados de daños reales o inesperados. Es un estado de temor que reduce la condición humana para actuar conforme a un plan, a una estrategia y de manera organizada. Es un “sálvese quien pueda” que permite a los regímenes totalitarios multiplicar la fuerza represiva del aparato de estado añadiendo la violencia horizontal de las propias multitudes en contra de sí mismas.

Los signos de esta efectiva práctica de sometimiento se manifiestan por medio de la desinformación, de la propaganda política llena de contradicciones, de la difusión de continuos cambios de versiones sobre los problemas del país, de creación de eventos de impacto mediático. En este contexto reina la inseguridad de todo género y se provoca la quiebra moral de la gente, su postración mental y la pérdida del sentido de vivir. Es un escenario en el cual los gobernantes saben a dónde van y, por el contrario, los ciudadanos entregados asumen que ya no poseen control sobre su presente y menos sobre su futuro. Cuando el autoritarismo agota la fase fundada en el miedo aumenta su gradación con el terror, así de una sociedad temerosa de su supervivencia se evoluciona hacia otra en la cual ese miedo supera los controles del cerebro y ya no se puede ni pensar, ni actuar racionalmente. Las sociedades en las cuales existe miedo y terror generalizado son sociedades bajo dictadura en las cuales resulta una tarea casi imposible encontrar una explicación racional para lo que acontece.

La impunidad

Es el control social, por la vía de la descomposición moral, fundado en la injusticia selectiva de la interpretación del marco legal. Se levanta una institucionalidad perversa desde la propia constitución, las leyes, los reglamentos y hasta los decretos más simples se recrean en apoyo de la banalización de lo contrahecho para justificar cualquier conducta, por ejemplo, cuando se dice: “todos lo hacen, que de malo tienen que yo también lo haga”. Es un ambiente en el cual la persona puede ser calificada como infractora de manera técnica e inevitable, hasta por pensar diferente y expresarlo. Son códigos que tienen cumplimiento expedito dependiendo de la parcialidad política del sujeto, las leyes no se aplican de manera igualitaria para la sociedad, la impunidad es la norma. La fase terminal es alcanzada cuando esa arbitrariedad como cultura es asumida el propio individuo en sus actos cotidianos.

La colaboración y la complicidad

Una dictadura no se consolida sino cuenta con “complices y colaboradores”, que auxilian y cooperan con el ejercicio autoritario y abusivo por parte del gobierno, utilizan como coartada moral la afinidad ideológica, la simpatía con el régimen o la coincidencia de objetivos para mantener su zona de confort o espacio vital. Puede que sean víctimas del miedo y la coacción que ejerce la dictadura. El cómplice evita de manera abierta y activa obtener ganancias, enriquecimientos o favores, lo hace en forma pasiva. La forma más importante para el ejercicio represivo es la del “colaborador”, quien participa de manera abierta y directa en la ejecución de delitos políticos, económicos, sin cuya participación el hecho punible difícilmente hubiera ocurrido, aun cuando no domine, ni sea el autor intelectual del hecho.

La indolencia y la indiferencia

La indolencia se refiere a quienes estoicamente se resignan al infortunio de entornos faltos de humanidad y esperan que los demás lo soporten como algo natural. La indiferencia moral ocurre por baja sensibilidad social donde la desidia y la apatía ante hechos degradan a la “persona” carente de valores universales, cuando la indiferencia se hace importante, la postración social es inevitable.

La anti política y la anarquía social

En la forma más común del término, la anti política se define como la actitud de aquellos que se oponen a las prácticas usuales del ejercicio político, de los partidos y de los políticos. En la anti-política activa prevalece la acusación de “politiquería”, de abstracción, de procedimientos innecesarios, de retrasos, de la inutilidad de las formas de organización social, lo que se quiere hacer es un cambio inmediato y radical a través de una “acción enérgica”, práctica y fructífera, después vendrán los planes, así la calle y el desorden reinan. Es una suerte de inmolación al querer enfrentar a un adversario en su propio terreno: el de la violencia y la intolerancia. Es también un sacrificio en que se incurre al dejarse arrastrar por prácticas sin propósito que poco difieren de las mismas de una dictadura y del populismo sin ideología pero con intereses. La anti política erosiona a la democracia socavado las bases del lenguaje común necesario para delinear la certeza de las cosas, su discurso se fundamenta en  la relativización de la verdad a través propagación de la desconfianza entre todos y hacia todo, sin que el “censor” de ocasión éticamente ofrezca una propuesta de orden superior a la que critica, el crítico en su radical posición nunca ofrecerá opciones pues su creencia omnisciente es verdad por sí misma.

La evasión y la picardía

La evasión guarda relación con la postración social, es una variante del trastorno de evitación bajo el ejercicio del autoritarismo. Las dictaduras por la vía de la amenaza, del lenguaje soez y de la ofensa provocan y propagan la inhibición social, un estado permanente de ansiedad, que conduce a la persona a eludir las situaciones que son de necesaria resolución para actuar en el ejercicio de sus obligaciones y sus derechos cívicos.

La picardía como anomalía moral consiste en justificación de comportamientos individuales a partir de la existencia de un ambiente donde reina la desconfianza, con esos comportamientos se busca obtener de manera práctica cualquier ventaja sin importar las consecuencias o los demás. En Venezuela, el dramaturgo José Ignacio Cabrujas, trató de manera clara el proceder, citamos: “A mí me quedó la imagen de un caraqueño alegre cargando media res en su hombro, pero no era un tipo famélico buscando el pan, era un “jodedor” venezolano, aquella cara sonriente llevando media res se corresponde con una ética muy particular; si el presidente es un ladrón, yo también” [1].

Las dictaduras como mal social

Todos los fenómenos que hemos descrito se encuentran presentes como realidad en cada individuo de la sociedad autoritaria y coexisten a pesar su aparente rechazo. En tiempos de disrupción tecnológica las dictaduras han evolucionado como constructo social que se manifiesta en todas las esferas de la acción humana. Los sostenedores de las dictaduras tienen conciencia de que su existencia no solo depende de la camarilla que gobierna, ni del dictador de ocasión, que su fuerza mayor reside en ese apoyo sustancial de masas cuya adscripción puede ser silenciosa, involuntaria e inconsciente y también de la capacidad de recrear confusión, antagonismos y postración entre los factores democráticos. Con esa institucionalización perversa del ventajismo se puede ganar cualquier proceso electoral, sin aparentemente hacer fraude en las máquinas de votación, ni en el acto de votar. La dictadura exitosa sofoca a la democracia desde el interior de las propias organizaciones políticas.

Los procesos eleccionarios libres constituyen una condición inmanente y necesaria de una sociedad democrática, pero no son los marcadores definitivos y suficientes de la democracia. Los procesos electorales, al ser mal utilizados como marcadores de democracia, se han constituido en una coartada para que los regímenes totalitarios gocen de apoyo internacional. Es un poderoso argumento de falsa moral que los países complacientes utilizan para eludir la obligación de defensa de los derechos humanos a cambio de prebendas económicas y financieras que reciben de los países bajo dictadura.

El rescate de la dignidad personal

Es necesario restablecer la vergüenza moral del individuo a través de pequeños pasos, desde los comportamientos fáciles hasta aquellos cruciales y difíciles de alcanzar. En cada ocasión que aparezca alguna inclinación para realizar algún acto marcador de corrupción o inductor de la dictadura, debe decirse “No voy a hacerlo más y voy a cumplir este mandato”. Hay que buscar apoyos para cumplir con esas reglas, en la familia, con los amigos y las organizaciones. Así, ante comportamientos apartados de la moral ciudadana, cada uno debe sentirse realmente apoyado, pues la responsabilidad de cumplir con el mandato se la hace a sí mismo, y si falta a dicha promesa, la familia o amigos lo seguirán apoyando su rescate como humano. Las organizaciones políticas democráticas están obligadas a conciliar sus intereses y tener una unidad de criterios que ayuden al rescate de la dignidad moral del ciudadano. Es necesario superar la idea que prevalece en los medios intelectuales y políticos del país de liberar al supuesto “pueblo” de su responsabilidad en la perpetuación de la dictadura. Es conveniente abandonar la santificación de las masas liberándoles de toda responsabilidad cívica descargando sobre las organizaciones, sobre las instituciones, sobre los políticos y sobre el resto de los factores democráticos el origen de todos los males, es necesario trabajar con la gente desde el cómo piensan y sienten porque de la manera como lo hacen así actúan.

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Notas

[1] http://www.analitica.com/bitblioteca/cabrujas/viveza.asp



Categorías:Análisis de Entorno, Pensamiento Estratégico, Política

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